Tommy Hillmore, La casa de los locos

Mi nombre es Tommy Hillmore

Vive usted bajo el cielo como todo el mundo. Nada más natural, ¿verdad? Pero no sospecha de lo que hay en realidad más allá porque no puede verlo. El cielo no es más que una burda representación para que durmamos tranquilos, ¿comprende? Solo por la noche podemos atisbar lo terrible que es el universo, ¡y ustedes se dedican a contar estrellas!

Sin duda, la idea de que es de noche inhibe su inquietud. No piensa que esa es la realidad, sino que la realidad es lo que ve cuando es de día y la noche es lo que Dios inventó para dormir. ¿Verdad que es así? ¡Ingenuo! No se hace una idea y le aconsejo que no piense más en ello, siga, siga con su parodia de vida, con su farsa feliz porque si llega usted a comprender la verdad, si usted llega hasta donde yo he llegado, entonces, entonces, usted deseará morir.

Nacido en Tampa, en 1.916

  Se graduó en periodismo, en la universidad de Tampa, en 1.934.

  Es ingresado por sus familiares, que temen por su salud. El enfermo vive en un estado de excitación permanente, que le lleva hasta el paroxismo y hace peligrar su vida, cuando algo le excita especialmente.

  El tribunal psiquiátrico recomienda una disciplina dura para este paciente, ya que, de no controlar esos ataques de histeria, acabará muriendo en cualquier momento.

“Nada de eso señor, todo ahí fuera parece normal, el prado, la carretera, incluso aquel cementerio de allí, pero el cielo, el cielo…”

Tommy caminaba hacia la universidad. Era su último mes y se graduaría por fin. Todo parecía normal, Lucy Jackson había pasado momentos antes con su coche y como siempre le había invitado a montar, y como siempre él reusó. Lucy era demasiado imponente. Cuando estaba junto a ella terminaba comportándose como un imbécil, o bien balbuceaba como un retrasado o se alejaba trastornado cuando ella le hablaba. Lucy era Dios.

Cómo se arrepintió después de no haber subido a su coche, al menos esa vez, porque ocurrió algo que trastornó su vida para siempre.

Escuchó un zumbido, primero suave, pero creciente y terrible, como proveniente de lo más profundo del planeta, como si dos barras metálicas de dimensiones planetarias se frotaran con enloquecedora fuerza entre sí.

Tommy miró al suelo, después al cielo y se mareó. Fue consciente en ese momento de la distancia enloquecedora, inadmisible que había sobre su cabeza. Un vértigo terrible le derribó al suelo. Trataba de asirse a las juntas de las baldosas mientras sentía que el abismo sobre él le atraía. De un salto se agarró fuertemente a una farola. Sentía como una fuerza terrible tiraba de él hacia arriba. Mientras tanto el ruido no cesaba, sino que iba en aumento, más y más alto, como si la Tierra fuera a estallar de un momento a otro.

Cayó hacia arriba aunque consiguió sujetarse en el último momento en la luminaria. Incrédulo miraba cómo sus piernas pendían hacia arriba. Los transeúntes le miraban alarmados y le señalaban. Por más que pedía ayuda nadie se atrevía o no sabía cómo rescatarle.

Finalmente el ruido cesó y se estrelló contra el suelo. Por suerte no se rompió nada. Los demás parecieron pensar que aquello no fue para tanto y siguieron su camino, pero él se quedó acurrucado en el suelo, sollozando largamente al pie de la farola.

Tommy Hillmore, La casa de los locos

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