Capítulo 1 The humThe hum. Apofis, la hora final 1

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–¿Se mueve? –preguntó Raquel colocando suavemente su mano en el vientre de Susana. Su voz sonaba alentadora y cariñosa, pero tras su sonrisa había algo más; un sutil sentimiento de incredulidad.

«A Susana no le pegaba un bebé, tampoco un embarazo, siempre con esos vestidos caleidoscópicos e imposibles; la marca blanca de Ágata Ruiz de la Prada; sus zapatos de tacón de aguja, sus gafas de sol y su pelo impecable, o sus monos de raso, sugerentes y evanescentes y su siempre excesivo maquillaje, haciendo ver a todas luces que era una mujer independiente, que hacía lo que quería con su vida, que podía ser una devora hombres, una experta jugadora o una misteriosa espía, según se levantara cada día, y no que estaba casada, sin embargo, con Julián el albañil, parado de profesión, que vivía en un pequeño pueblo de Aragón y que trabajaba en la minúscula emisora de radio del ayuntamiento por un pequeño salario que apenas le daba para malvivir.

«No, no le pegaba el embarazo, y menos aún a sus treinta y ocho años de edad.  Ni siquiera le pegaba mantener relaciones sexuales con el bueno de Julián. Le despreciaba abiertamente y nunca dejó de especularse sobre el momento en que le pondría de patitas en la calle. Sin embargo, allí estaba, embarazada ante el micro, en medio de una parada publicitaria, fulminando a Carlos, el técnico de sonido, con la mirada, que a través del cristal las miraba compungido por haberla pisado con la primera cuña.

–Aún no, creo que es demasiado pronto –respondió ella llevando instintivamente su mano a su vientre, junto a la mano de Raquel. Por un momento su mirada pareció perderse, volverse hacia adentro, para visualizar una vez más cómo se alejaba su sueño de abandonar aquel lugar para siempre e ir a trabajar a una de las grandes emisoras de Madrid, ir al teatro los fines de semana y codearse con la clase más “chic” de la ciudad.

«Su mirada se enfocó finalmente sobre los ojillos de Raquel, alegres y curiosos, como siempre. “Qué desastre de chica”, pensó, “nunca serás grande con esa forma tan descuidada de vestir”.

Carlos hizo un gesto con la mano tras el cristal. Susana volvió rápidamente sobre el micrófono, se colocó los auriculares y esperó la señal.

–A continuación, en “Noche de misterio”, les invitaremos a escuchar la psicofonía más terrible que se haya obtenido jamás –su voz, pausada, sonaba aterciopelada, atractiva. –La llamada “psicofonía del infierno”, obtenida por el profesor Fernán de Argumosa, es según dicen, directamente responsable de la muerte de un hombre. Después concluiremos este programa especial, desde el punto escogido por la organización para la visualización del cometa Apofis, que como ustedes saben podrá verse en el cielo nocturno a las tres de la madrugada. Pero antes, aconsejamos a las almas sensibles que apaguen sus transistores. Lo que van a escuchar a continuación puede alterar su juicio para siempre. Apenas vamos a escuchar un minuto de la psicofonía más larga de la historia, dado que el resto del metraje está prohibido. Raquel, –añadió dando paso a su compañera– te recomiendo que dejes de escuchar cuando empiece.

–Sí Susana, ya sabes que las historias de miedo no me gustan y menos cuando parecen tan reales. Aún no sé qué hago en tu programa –añadió riendo.

Susana alzó su dedo índice y se escuchó lo que recordaba a un lúgubre tañido de campanas o un pausado martillear sobre un yunque. A continuación, el sonido de mil bestias agonizantes empezó a elevarse hasta dominar la escena. Raquel apartó los auriculares, horrorizada, recordando el informe de los veterinarios que habían escuchado aquel fragmento, en el que afirmaban que aquellos aullidos monstruosos no pertenecían a ningún animal conocido. Susana, sin embargo, parecía deleitarse con la audición. Sin duda se sentía como una periodista de verdad. Raquel miraba el vientre abultado de Susana, imaginando el aberrante sonido alcanzando al bebé a través del esquema neuronal de la madre. Le imaginaba estremeciéndose de puro terror.

–Carlos, coge el equipo móvil y márchate inmediatamente, ¿qué haces aún aquí? –estalló sin previo aviso Susana.

–Pero…

–¡Largo!

–Pero… ¿Quién hará mi trabajo?

–¡Carlos! –se impacientó Susana– Raquel lo hará –y bajando el tono de voz añadió– cualquier idiota podría hacerlo.

Carlos salió a toda velocidad imaginando el monumental enfado de Susana si no estuviera al pie de la noticia en el momento de la conexión. Se arrojó escaleras abajo y salió a la fresca noche estival. Miró por última vez atrás a la ventana encendida de la habitación en la que ahora la hermosa Raquel ocupaba su sitio, encendió su radio, puso sus auriculares y acompañado por la voz de Susana, puso en marcha su motocicleta y se lanzó a toda velocidad por el empedrado hacia la colina, al encuentro con los aficionados que habían llegado con sus telescopios desde toda Europa.

–Hablamos con Sebastián, el alcalde de nuestro querido Albarracín. ¿Qué puede decirnos, amigo? ¿Qué significa esto para el pueblo?

–Gracias Susana, como te he dicho antes, esto es único y que haya sido elegido nuestro pueblo como el mejor observatorio del mundo para ver el cometa, nos coloca en una situación privilegiada para darlo a conocer. Quiero agradecer a los vecinos de Albarracín el hecho de que hayan hecho un hueco en sus casas para acoger a las doscientas cuarenta y tres personas que ha contado la organización…

–Gracias, gracias, Sebastián –añadió Susana cortándole bruscamente– pero Apofis está a punto de llegar y no espera. –¿Tenemos conexión, Carlos?

–Sí –respondió jadeante.

–Muy bien, ¡qué equipo! –Respondió visiblemente entusiasmada– bien, vamos a hacer alguna entrevista.

–Sí, hay alguien preparado, te paso –contestó Carlos satisfecho por el alago.

Carlos alargó el micrófono a la cara de un hombre que hacía los últimos ajustes a su telescopio agachado sobre él. Este alzó la mirada irritado mientras Carlos le ponía los auriculares. “¿hola?” escuchó a través de ellos.

–Hola –respondió el astrónomo.

–¿Cómo se llama? –siguió Susana.

–Abel –respondió él mirando al cielo en busca del cometa.

–¿Qué ve?, ¡cuénteme!

Pero el micrófono de Abel cayó al suelo. Sus manos crispadas se aferraron al telescopio; su cara era una mueca de horror mientras miraba al cielo. Aunque allí nada se veía, un sonido chirriante, metálico, cósmico, de una profundidad aberrante se deslizaba desde las capas altas de la atmósfera y desde todas partes a la vez, envolviéndolo todo, enmudeciendo al gentío que en estado de parálisis parecía contener la respiración espantado. Tan solo un lamento se adivinó entre aquella muda confusión: “Es la trompeta del juicio final”.


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