Mi nombre es Oliver Rosignol

Siga usted las normas y no le ocurrirá nada. La doctrina Rosignol debería aplicarse en cada rincón de nuestra sociedad. Disciplina y mano dura; el que la hace la paga. No me mire así, y sobre todo no se asuste, solo pienso en voz alta, hombre. Pero ¿no cree usted en una sociedad más ordenada, más justa? Yo también, así que, ¿qué puedo decirle? En el lugar donde yo trabajo la disciplina es muy importante. Ya me gustaría ver a alguno de esos vagos en mi institución, ¡vería usted!

“¡Venga, póngale la mordaza de una vez!, acabemos pronto con esto. Este maldito loco va a conseguir que me pierda el partido.”

–¡Oliver, no! –imploraba Tom Locker una y otra vez. – No, se lo suplico, no siga, no siga. Oliver, ¡por Dios!, por lo más sagrado, no me haga esto –bajaba la voz suavemente para parecer más conciliador, más amistoso. – No se lo tendré en cuenta, se lo aseguro, jamás volveré a hablar de ello, jamás volveré a relacionarme con usted, o sí, como usted prefiera. Puedo convertirme en su mejor amigo si usted lo desea, pero por favor, no siga con esto. No, no me mire así, ¡Alto! ­–gritó a los celadores, que trataban de introducirlo en la furgoneta–. Hombre, por Dios, ¿no ven que aún no hemos terminado de hablar mi buen amigo y yo? –decía aferrándose con fuerza a la puerta abierta–. Oliver, se lo repito, usted sabe que no estoy loco, quiere llevar la venganza demasiado lejos, ¿no le parece? Venga hombre, entre en razón, por lo que más quiera. Me alejaré, me iré del estado, del país, pero no arruine mi vida –sollozaba ahora–. No lo haga, no lo haga. No fui tan malo con usted, quiero pensar que en el fondo somos amigos; no quise, no quise hacerlo, no quise hacerle daño, amigo mío. ¡Oliver, sea cristiano! Sabe que esto está mal, ¡imbécil! Perdón, perdón –se apresuró ahora en tono conciliador–. No quise decir eso, pero vamos, hombre, sabe que no estoy loco, estoy aquí porque alguien le debía un favor. Entre en razón.

Oliver Rosignol se acercó, momento en que cesó el forcejeo, arregló la corbata de Tom Locker, se acercó a su oído y susurró:

–Aún no sabe usted nada. Recuerde señor Locker, que no va a ir a una institución cualquiera, sino que irá a la mía. En menos de una hora volveremos a vernos en una habitación fría y estéril con mi instrumental y su camisa de fuerza –diciendo esto hizo un gesto a los celadores y se alejó.

–¡Oh, maldito!, ¿va usted a torturarme? ¡Bastardo!, ¡Oh, cómo me alegro ahora de haber atropellado a su esposa! ¡Ojalá hubiera muerto! No, no, perdone, son los nervios. No estoy loco, perdóneme, perdóneme –lloraba ahora abiertamente mientras era introducido en la furgoneta y cerrada la puerta.

Oliver conducía de camino al trabajo como cada día, pero esta vez una radiante sonrisa se dibujaba en su rostro, ya que desde la ventanilla trasera de la furgoneta Tom le observaba con el rostro desencajado, como si contemplara al diablo.

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