Capítulo anterior   /   Capítulo siguiente

Libros gratis para leer en línea


Entró en su despacho y cerró tras de sí la puerta. Quedó unos instantes allí con la espalda apoyada en ella y todos sus músculos en tensión. Llevó la mano al bolsillo. Allí estaba la nota. Instintivamente la extrajo y la abrió.

Paz en la tierra, hermanos.

¡Illdarin regresa! Ya está todo escrito. ¡12 bombas!, solo 12 bombas y luego invierno nuclear. Malenkov dirá voy y vendrá. Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Houston y Philadelfia. El resto serán nuestras para la Unión Soviética y sus aliados, aunque poco importa. Esas ciudades confirmadas. Menos de 30 días hasta el último invierno.

Pero Illdarin regresa en menos de 14 días. Se quitará la máscara, se arrancará la piel y arrojará sus restos humanos sobre la tierra, por último la observará una vez más con desprecio antes de subir a su nave interestelar.

Pero hay una oportunidad, una esperanza. Hacer mil pedazos esa maldita nave, como en Roswell. Solo queda esa nave, si Illdarin no puede regresar se cancelará el plan. No podrá esconderse por más tiempo, ni él ni los otros, y serán descubiertos y diseccionados, ¡ja, habremos ganado!

Pero no hay tiempo. El nuevo no cree y no hay tiempo. Aconsejo seguir con el plan original, preparemos las armas en nuestras celdas y contemos los días, dentro de siete días reduciremos este lugar a cenizas e iremos en busca de esa nave, después buscaremos a Illdarin y los otros y la raza humana sobrevivirá.

Paz en la tierra.

La nota cayó al suelo. La puerta se abrió. Adam tapó la nota instintivamente con el pie. Clementine asomó la cabeza –¡Dios santo!, ¿qué ha ocurrido? Adam debía estar completamente pálido. Se encontraba muy mareado, su mano tanteaba el aire en busca de un asidero en que apoyarse. –Ya me han contado, pero Adam, ¿qué ha hecho usted?, ¿qué ha ocurrido?

La cabeza le daba mil vueltas. Aquella nota hablaba claramente de un motín. Los enfermos llevaban Dios sabe cuánto tiempo sin medicarse y habían estado tramando, por eso gran parte de sus respuestas parecían estar coordinadas o acordadas. Habían conducido su locura hasta el grado máximo, de forma que era urgente resolver la situación antes de que llevaran a cabo sus planes si es que tenían manera de hacerlo y voluntad para ello. Por otra parte podría tratarse de otro más de sus juegos. Pero no pensaba dar la voz de alarma, no al menos de momento puesto que la imagen de Tommy convulsionando en la camilla le atormentaba. Trataría de sondear a sus pacientes, volver a administrarles la medicación y observarlos después. No, no alertaría a los demás a no ser que fuera absolutamente necesario, para que no fueran aplicadas aquellas medidas medievales nuevamente, al menos no por su culpa.

Torpemente arrastró el pie llevando la nota debajo, hasta que retrocedió lo suficiente como para sentarse sobre la mesa mientras miraba a Clementine y ella le escrutaba con gran ansiedad, pero nada respondió a sus preguntas. –Traiga a mis pacientes, reúnalos a todos y tráigalos, vamos a hacer una sesión en grupo.

–¡Pero Adam! –protestó Clementine visiblemente contrariada.

–Hágalo por favor.

–No, Adam.

–¡Hágalo, maldita sea!, vamos a hacer terapia en grupo.

–Pero ¿por qué? –insistió ella.

–¿No le han contado lo que ocurrió? Han visto cómo uno de sus compañeros recibía una brutal paliza, quiero hablar con ellos y calmarlos –mintió y no pudo evitar bajar la mirada. No resistía la mirada tenaz e inquisitiva de Clementine.

–¿Seguro que es solo eso, Adam? –Su mirada se volvió más incómoda, más persistente.

–¿Qué insinúa? Tráigalos.

–Hablaré con el señor Blackwood –sentenció tras un largo momento de silencio en el que sondeó a Adam.

–¡Pero bueno, Clementine!, ¿quién manda aquí?

–El señor Blackwood.

–No, sobre mis pacientes, sobre las decisiones clínicas que adopta el doctor, ¿quién manda, Clementine?, ¿quién?

–¡Ahora que empezaba usted a caerme bien! Creo que esta aventura durará poco para usted, Adam.

–Reúna a mis pacientes, Clementine.

–Adam.

–Reúnalos.

–Hablaré con el señor Blackwood –y tras ella la puerta se cerró.

Adam se precipitó sobre la nota y se apresuró a guardarla en uno de los cajones. Aquella decisión estaba justificada, lo hacía para salvar la integridad del equipo médico y la de los propios pacientes. Aquella nota podía servirle en última instancia como prueba.

Pasó mucho rato antes de que llamaran nuevamente a la puerta. Apareció de nuevo Clementine y tras ella desfilaron sus pacientes, todos excepto Tommy. –Ya no es usted mi amigo, Adam– Advirtió Clementine, y tras de sí cerró con un portazo.

Sus pacientes se colocaron instintivamente en fila, contra la pared, como en una rueda de reconocimiento. Adam abrió la silla de tijera y se sentó ante ellos, visiblemente incómodo.

–He leído la nota –algunos de ellos se estremecieron, otros mantuvieron su mirada desafiantes– ya sé lo que traman.

Hasta ese momento no se percató de lo delicada que había vuelto él mismo su situación, solo, ante seis sanguinarios enfermos mentales, con la puerta cerrada y advirtiéndoles que había descubierto su plan para amotinarse. Instintivamente se encogió sobre sí mismo y nervioso, se levantó y retrocedió hasta sentarse sobre el escritorio.

Albert miraba nervioso la ventana. –¿Planea arrojarme por ella, el muy desdichado? – pensó Adam.

–¿Y bien? –trató de que su voz sonara firme y ante el silencio más absoluto volvió– ¿quién es Illdarin?

Adam observó que Goldsmith los gobernaba a todos con su voluntad. Una mirada suya bastaba para hacer callar a sus compañeros cuando intentaban abrir la boca para responder, o para hacer que otro preso volviera a llevar las manos a los bolsillos después de sacarlas crispadas.

Adam se aproximó lentamente a la puerta, muy lentamente, para que sus pasos no parecieran una amenaza al grupo. Hizo girar el pomo y la abrió con suavidad –¡Clementine!, ¡Clementine, venga aquí! –acaso era aquella situación la que quería evitar Clementine. No pudo llamarla sin quitarles los ojos de encima.

–Tranquilo Adam –empezó Goldsmith como si hablara a un niño asustado– es cierto que usted se ha convertido en un contratiempo, pero nosotros jamás dañaríamos a un ser humano. No tema. Usted no nos ve como a iguales, ese es el problema. ¡Somos los locos! Si usted fuera capaz de apreciar si quiera por un instante la verdad que hay en mis ojos dejaría de temer al instante.

–¿Quién ha dicho que tema? –interrumpió Adam armándose de valor. No oía los pasos de Clementine. ¿Estaba mortificándole? Sin moverse se asomó fugazmente a la escalera, pero no se veía a nadie.

–Lo dice usted. Teme a las personas equivocadas. Nosotros somos sus iguales, Adam, no ellos.

–¿Iguales? Repitió Adam maquinalmente.

Goldsmith se abalanzó sobre Adam, y con una fuerza inusitada le obligó a sentarse en su sillón mientras otro interno cerraba la puerta, tras lo cual se sentó en la silla de tijera frente a él.


Capítulo anterior   /   Capítulo siguiente

It's only fair to share...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn