Mixtificación, Sexta parte. La casa de los locos 15

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El corazón de Adam palpitaba con tal fuerza que temía que su sonido fuera percibido por aquel que acechaba en el umbral. Casi había perdido el control sobre sí mismo. Hacía pocos minutos se planteaba la mejor manera de proceder para conservar por su empleo y ahora temía seriamente por su vida. Sus miembros temblaban como los de un niño asustado. Imaginaba el momento en que se descorriera violentamente la lona y tras ella los asesinos armados con cuchillos o incluso con armas de fuego. No se sentía capaz de defenderse de un ataque, jamás lo había hecho, ni de adolescente. Ahora se imaginaba interponiendo sus manos y sus brazos a las cuchilladas que le lanzarían hasta que, dolorido y debilitado bajara la guardia rindiéndose a su suerte para poner fin a aquel aterrador final.

Temía que un leve gemido de terror le delatara y concentró todos sus esfuerzos en acallarlo, pero la puerta por fin se cerró y ya todo pasó. Escuchó las pisadas alejarse y suspiró profundamente, hundiéndose en el suelo, en aquel rincón, cubierto con la polvorienta lona.

No tenía forma de medir el tiempo. Habiendo perdido el mechero no podía iluminar su reloj y encender la luz del cuarto de limpieza podía suponer la fatalidad. ¡El mechero! Quizá si no lo habían encontrado no podían imaginar su identidad. ¡Oh!, ahora recordaba la estupidez que había cometido dejando aquella nota sobre la mesa de su despacho, divertido, desafiante, como lanzando un órdago al destino. ¿Y si la encontraban? Entonces no tendrían ya dudas. Quizá incluso reirían ante lo que imaginarían como una sospecha auténtica. Illdarin. Aquella historia parecía lo bastante disparatada como para haber sido inventada incluso por la cabeza de aquellos malditos locos. Sin embargo no podía ser cierta, aunque el recuerdo de la intervención de aquellas dos personas en la muerte de Tommy, justo en el cambio de horario, la manera en que Aldric le tapó la boca en su último y terrible trance, para no ser oído. ¡Qué impotencia debió sentir aquel desdichado, que murió por la voluntad de otro que lo asesinó porque tenía el poder para hacerlo. Que impotencia debió sentir cuando al tratar de exhalar su último suspiro en un desesperado grito las manos de Aldric se aferraron como garras en su boca para impedirle incluso aquello.

Un solo pensamiento le obsesionaba; no acabar como el pobre Tommy.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido aunque sospechaba que había estado escondido una eternidad. Se sacó la lona de encima y tras desentumecer sus miembros entornó la puerta lo suficiente para controlar el pasillo. Salió y se dirigió hacia la puerta principal. Su marcha se aceleraba a cada paso hasta convertirse en una carrera histérica para ganar la calle.

Corrió hasta su coche y comprobó aliviado que el coche de Aldric ya no se encontraba en el aparcamiento. Cerró el seguro de la puerta y condujo bajo la incipiente noche hasta la ciudad. Algo en su interior le decía que no se sentiría seguro hasta encerrarse en su casa, pero no en aquella casa de alquiler en aquel pueblo abandonado de la mano de Dios, sino en la casa de sus padres, muy lejos de allí, donde pudiera olvidar aquel crimen para siempre. Jamás volvería al maldito sanatorio. Esa noche cerraría la puerta con llave y quizá no durmiera en toda la noche, pero al día siguiente emprendería el viaje de vuelta y al llegar telefonearía para avisar sobre su baja definitiva.

Estaba hambriento. Cerró tras de sí la puerta de casa y abrió la nevera. Nada. En realidad la había abierto de forma maquinal. Ponía fin a su tercer día en aquel lugar y aún no había tenido tiempo de hacer la compra; la comida que cenaba todas las noches en el bar era bazofia y la que le daban en el sanatorio claramente insuficiente. En cualquier caso, aquella noche había decidido no cenar. Se sentía deprimido y asustado. Se dejó caer pesadamente en la cama. Una agradable sensación recorrió todo su cuerpo, que se relajó rápidamente. En ese momento fue consciente de lo agotado que se sentía. Poco a poco, y aunque momentos antes había estado convencido de que no dormiría, sus ojos se entrecerraban, su mente desconectaba y entonces aparecía el pobre Tommy tratando de exhalar aquel grito, con sus ojos desorbitados de puro terror clavados en los de Aldric, que presionaba fuertemente su boca con sus manos. Más allá aquel desconocido que había acompañado a Aldric, sujetaba fuertemente los miembros de Aldric, como si dotado de una fuerza sobrehumana fuera capaz de arrancar las correas que le mantenían atado y privándole con ello siquiera de una última sacudida. Adam suspiraba y su corazón golpeaba el pecho con violencia. Después, poco a poco volvía a relajarse, sus ojos volvían a entornarse y ante él aparecía el pecho abierto de Aldric con tres corazones palpitantes. Adam subía la mirada espantado, tratando de borrar aquella visión y encontraba la mirada divertida de Aldric que señalaba su pecho abierto y sanguinolento para que volviera a fijarse en aquel espeluznante detalle. De nuevo su corazón se agolpaba en el pecho y se incorporaba invadido por una gran ansiedad. Su estómago rugía y de su garganta escapaba un lastimero gemido.

Se incorporó, se dirigió a la ventana, la abrió y llenó sus pulmones con el aire fresco de la noche, aliviando así un poco el fuego de su interior. Encendió un cigarro y lo fumó rápidamente, tosiendo, lastimándose la garganta. Se preguntaba si vería amanecer desde allí, si el pobre Tommy descansaba en paz, qué fue lo último que pensó el desdichado, y si en el pecho de Aldric, y en el de los demás palpitaban tres corazones.

Avanzaban los minutos y las horas. El frío de las primeras horas de la madrugada empezó a entumecer sus miembros y sus ojos comenzaron a cerrarse de nuevo. Volvió finalmente sobre sus pasos, se acostó y se arropó. De pronto, el calor le devolvió algo de la paz perdida y por fin consiguió dormir.


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