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Una vez allí esquivó a Willie que corrió tras él, visiblemente alertado. Todos los internos pararon de pronto para mirar a Adam y ver cómo este se abalanzaba sobre Tommy, que corría ante él y se echaba la nota a la boca.

Un interno, sentado en el suelo miró divertido a Willie y dijo –¡Willie lo sabe! – como respuesta Willie descargó su porra sobre él en plena carrera dejándolo inconsciente.

Tommy se había acurrucado en el suelo haciendo visibles esfuerzos para tragar la nota, aunque esta era demasiado grande o no estaba lo suficientemente doblada. Miraba con horror creciente a Willie, que llegaba tras Adam con mirada furiosa.

El tiempo parecía haberse detenido. Un inusitado silencio cargado de expectación inundó el patio, tan solo roto por un grito que se alzó de algún punto del mismo –¡Mierda, corre!

Adam se abalanzó sobre Tommy e introdujo sus dedos en su boca. Ya podía tocar la nota, aunque estaba muy metida en su garganta. Tommy mordió con todas sus fuerzas y Adam profirió un grito. Willie, que le seguía a la zaga ya había llegado, y empezó a golpear con saña al interno con su porra y con su pie. Finalmente Adam consiguió su botín y lo guardó rápidamente en su bolsillo para contemplar después lo que había hecho.

Los internos miraban horrorizados la escena. Tommy se encogía para protegerse de los golpes. Una creciente marea de cacofonías pronto lo inundó todo. La porra bajaba una y otra vez sin que la expresión de Willie se suavizara. Adam miró al cielo y sintió la opresión de aquel lugar. Posiblemente los años habían vuelto a Willie tan loco como los demás.

Por fin Adam sujetó firmemente la muñeca de Willie cuando esta iba a descender con fuerza una vez más –¡Basta!­– Willie le miró y pareció percatarse de su presencia, como si el éxtasis del momento hubiera hecho que se olvidara de él.

Tommy, magullado, se estiró en el suelo, sollozando y gruñendo de dolor. Sus manos se aferraron a los zapatos de Adam, implorantes.

Willie volvió en sí y dio la orden de formar fila. Había salido Aldric y había llegado corriendo junto a Tommy. Adam iba a disculparse, pero este hizo caso omiso. Se inclinó sobre Tommy y al contacto con su mano, este pareció enloquecer. Su cuerpo se sacudió espasmódicamente mientras profería los más angustiosos gritos. Entretanto, Willie hacía formar a los demás internos a golpe de porra, aunque estos se resistían, contemplando la escena con el más vivo horror.

¿Qué había hecho? Adam estaba completamente horrorizado. Aquella chiquillada había desencadenado algo monstruoso e inesperado para él. Sintió cómo su cuerpo se encogía, sintiéndose cada vez más y más pequeño, incapaz de sondear las consecuencias de su acto, pero al mismo tiempo se apoderó de él una cólera creciente.

–¡Señor, debo protestar! –gritó Adam a Willie, pero como este le ignorara– ¡Willie, venga aquí!

Willie se volvió con la más viva cólera reflejada en su mirada –¿Qué quiere?, ¿no ha hecho usted bastante? ¿Qué buscaba en la boca de ese hombre, maldito loco? ¡Le prohíbo que vuelva a entrar en mi patio!

–¿Su patio? ¡Sepa que voy a informar de esto! –Willie miró significativamente a Aldric y desapareció con los internos en el interior del edificio.

–¡Ayúdeme, hombre! –dijo Aldric por primera vez desde que llegara– este hombre tiene una crisis nerviosa.

–¿Dónde lo llevamos –Preguntó Adam mientras caminaban. Sostenían a Tommy de los brazos, este arrastraba los pies y se dejaba llevar entre sollozos y algún intento que otro de morderles.

–A radioterapia, ¡vamos, dese prisa! –un escalofrío recorrió el cuerpo de Adam. Mientras conducían al pobre infeliz no podía evitar mirarle a la cara imaginando cómo se retorcería momentos después de dolor. Todo por esa maldita nota. ¡La nota! Había desaparecido de su bolsillo. Lo tanteó una vez tras otra y ya lo hacía de forma tan ostentosa que el propio Aldric se volvió interrogante, con la más viva expresión de hastío grabada en su rostro. – Después hablaremos de lo que ha ocurrido –sentenció.

Adam olvidó definitivamente la nota. Esa conversación de después le atormentaba mientras recorrían el pasillo. Aún tenía tiempo de asegurarse un buen pretexto para su comportamiento. Podía decir que le había visto tragar alguna cosa peligrosa que encontrara en el patio y que felizmente acudió a tiempo. Tommy no lo rebatiría, y si lo hiciera, ¿quién le escucharía? Sí, haría eso. Entonces Willie tendría que explicar por qué actuó de esa forma tan desproporcionada e incluso pedirle disculpas. Y en adelante nada más sobre los locos, ni entrevistas, ni verlos en el patio, nada. Adam se hizo una promesa solemne mientras sus piernas aún temblaban por la impresión recibida.

Entraron por fin a la sala de radioterapia. Adam, ahora un poco más seguro de sí mismo, ayudó a Aldric, a tumbar a Tommy en la camilla. Este se debatía fuertemente. Al poco llegó Willie, momento en que Tommy palideció y dejó de resistirse. Aldric le colocó las correas y la mordaza –salga Adam, usted es muy impresionable– pero como viera que Adam negó con la cabeza, se encogió de hombros, enchufó la máquina y giró la rueda.

El cuerpo de Tommy convulsionó violentamente. Su mano, que había estado fuertemente apretada, se abrió en un espasmo y un papel se desprendió de ella hasta el suelo. ¡Era la nota! ¿Cómo había conseguido recuperarla?

Adam arrojó una moneda junto a la nota, se agacho y recogió ambas. Momentos después desaparecía de allí y dejaba pasillo atrás los jadeantes y guturales quejidos de Tommy y los violentos golpes de sus convulsiones sobre la camilla. Su cabeza le daba muchas vueltas, se sentía mareado, asqueado ante aquel sufrimiento, aquel ambiente le asfixiaba hasta el extremo de llevarse instintivamente la mano al cuello de la camisa para abrirlo. Aquel hedor de nuevo, aquel lugar maldito. Pero una cosa le empujaba ahora escaleras arriba, la más viva curiosidad por conocer el contenido de aquella maldita nota.


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