Mixtificación, Primera parte. La casa de los locos 10

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Aquella noche Adam no durmió bien. El comportamiento de algunos de los lunáticos durante las entrevistas del día anterior no podía dejarle indiferente. Tras todo lo estudiado en la carrera esperaba ver un tipo de respuesta completamente diferente. En algunos casos había encontrado un tipo de reflexión filosófica profunda aunque absurda y llena de fantasía, pero lo que más le sorprendía era que de algún modo algunos de los comportamientos parecían interconectados y responder a una causa común.

Ahora, en pie, asomado a la ventana de su despacho con un cigarrillo en los labios se debatía entre la idea de continuar con su investigación sobre el terreno o pedir a Clementine que se asegurara de una vez de darles correctamente la medicación. La desidia en ese hospital había alcanzado un alto grado y eso le irritaba. Tras esto, se acomodaría en su sillón y trataría de encajar en el sistema. Quizá compraría un buen libro o alguna revista y vería pasar los días a través de aquella ventana como el resto del equipo médico.

Adam cerró la ventana y por un momento pudo ver su reflejo en ella. Le sobresaltó su aspecto cansado y derrotado, sus ojos hundidos, sus prominentes ojeras y su expresión triste, apática, vencida. Su mano detuvo la hoja de la ventana justo en ese punto en que podía comprobar el reflejo de sí mismo, el reflejo de la derrota. Se sentía agotado, hacía días que no dormía bien, no había encontrado la más mínima comodidad en su despacho ni en su casa de alquiler. También comía poco y mal y no disponía de tiempo para hacer una compra. Aquellos primeros días de adaptación le estaban pasando factura. Finalmente cerró, pero de inmediato una sensación de opresión invadió su cuerpo y volvió abrir, aunque esta vez rehusó contemplarse de nuevo.

Se dirigió maquinalmente a su sillón y se hundió en él sin ser consciente del tiempo, con la mente en blanco, con la mirada perdida en algún punto en la pared sucia y abandonada que tenía ante sí. Nadie le molestó, nada se oía, como si aquel lugar hubiera estado siempre abandonado y él no fuera si no un lunático allí, solo, creando su propia fantasía de la nada.

Posiblemente se quedó dormido, aunque no hubiera sido capaz de asegurarlo. Sus ojos no se habían cerrado, ¿o sí? En cualquier caso, despertó súbitamente y volvió de pronto su conciencia abandonando el sueño o su abstracción cuando tras unos suaves golpes tras la puerta esta se abrió y tras ella apareció una Clementine sonriente tras una taza de café humeante.

–¿Cómo está hoy mi buen Adam? –dijo mirándole con afabilidad. – Ha entrado en razón después de todo. El señor Blackwood está satisfecho con usted esta mañana, se lo puedo asegurar.

Adam sonrió con cierta tristeza. Se sentía tremendamente agotado –gracias– dijo tomando la taza, tras lo cual Clementine volvió a sonreir.

–Si se aburre usted puede bajar y charlar un rato con Marie y conmigo. Marie es muy chisposa, ¿sabe? Le caerá bien.

Adam la acompañó a la puerta y decidió pasear por el edificio con su taza en la mano. Sería bueno estirar las piernas. Así lo hizo saber a Clementine, que se despidió sonriente y se dirigió a la escalera.

Pronto los sonidos del patio, que se filtraban a través de una ventana entreabierta al final del pasillo llamaron la atención de Adam. Se dirigió hacia allí y se asomó para observar a los internos.

El patio, sucio, gris y pequeño, diminuto, debía ser muy opresivo. Le hubiera gustado descubrir un jardín con flores de todos los colores, bancos y enfermeras alrededor de los pacientes, pero en lugar de ello aquel patio parecía más bien una sala de castigo. Se juraba no volver a llenar su mirada con aquella visión, pero al mismo tiempo no podía dejar de mirar, sentía una negra fascinación por aquel patetismo, por aquella tristeza.

Los muros eran altos, muy altos, y grises, de modo que difícilmente se podía atisbar un trozo de cielo sin alzar la cabeza hasta una postura incómoda. Algunos internos caminaban de forma errática con las manos en los bolsillos, otros se mantenían en pie en algún rincón o con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida, y otros sentados en el suelo. A veces tropezaban unos con otros, pues se adivinaba que estaban alienados, como peces en un acuario.

Adam estaba terminando su café e iba a volver a su despacho, cuando de forma inconfundible vio cómo un interno entregaba furtivamente una nota a otro, que por un instante, mientras extendía la mano, vigiló a Willie, y durante ese instante su mirada reflejó una viva inteligencia, para volver a pasear su mirada apagada después y dirigirse erráticamente hasta uno de los rincones del patio. Allí pareció caer de rodillas, de espaldas al vigilante y echar sus manos a la cara. ¡Sin duda estaba leyendo aquella nota!

De pronto, Adam sintió como si despertara por primera vez en todo el día. Aquel interno era William Golsdmith, el que le había sorprendido con aquella absurda argumentación. Se había levantado y volvía tambaleante al centro del patio, con una mano cerrada y la otra en el bolsillo. Otros internos le miraban y miraban a Willie. ¡Estaban todos de acuerdo!, ¡aquello no era más que una pantomima!

Desde su posición elevada Adam veía ahora de cara el rostro de Goldsmith, atormentado, quizá aterrado por ser el portador de aquella nota.

Una cierta sensación de angustia sobrevino de pronto a Adam. Imaginarse en aquel patio, con aquella vida, sedado, era soportable, pero la conciencia que tomaba ahora, por primera vez, de que la mayoría de ellos no lo estaban nunca, si no que siempre fingían estarlo era demasiado aterradora. La idea de basar la existencia en una actuación y un disimulo constante, aquella mirada aterrada de Goldsmith, sus palabras, que sin duda él mismo las creía, le harían vivir en un infierno día tras día, pero aún le impresionó más el hecho de que la mayoría de los internos parecían entenderse, ¿de algún modo no estaban confabulando?. Recordó las palabras del propio Goldsmith cuando le dijo “ellos no confían en usted, pero yo sí”. ¿No compartirían todos, al menos, parte de aquella desquiciada argumentación? ¿No podía ser aquel un gran punto de partida, un punto en común al menos, para una posible terapia?

Goldsmith entregó la nota a Tommy Hillmore. Lo vio claramente. Sin esperar más tiempo Adam atravesó el pasillo corriendo y bajó la escalera saltando los peldaños de cuatro en cuatro. Clementine se asomó tras el umbral de su puerta para ver qué provocaba el escándalo que había roto una quietud que sin duda duraba años en aquel lugar. Adam solo acertó a ver su cara de desconcierto cuando dobló la escalera y se dirigió a toda velocidad a la puerta del patio.


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