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–Permita, Adam, que le explique, y disculpe mis modales, pero es un momento crítico. Quizá sea mi última oportunidad de hablar con usted, tal y como han girado los acontecimientos.

«Sepa usted que su vida corre un gran peligro en estos momentos, pero no, no me mire así. Eso no tiene que ver con nosotros. Al menos no como usted imagina. Ellos le están evaluando en este momento, están decidiendo si usted lo sabe o no.

–Señor Goldsmith… –Adam estaba visiblemente aterrado. Ante sí Goldsmith hablaba sin parar, verdaderamente turbado. Tras él, el resto de enfermos le miraban amenazadoramente. Parecían esperar una señal de él para despedazarle.

–No, calle. Tenemos poco tiempo y el corazón me dice que no volveremos a hablar. Señor Smith, ¿aún conserva la nota? Si es así deshágase de ella. No la tire, tráguesela. Es el procedimiento habitual. Si es necesario mójela antes con agua, así no la encontrarán.

–Señor Goldsmith –y como este fuera a interrumpirle– ¡No, señor Goldsmith, calle usted!, yo soy su doctor. ¿Respeta usted eso? –Goldsmith asintió con ansiedad– entonces sepa que todo esto es una auténtica locura. Escuche, no se precipite. No soy como ellos –Goldsmith asentía con ansiedad, como tratando de decir “lo sé, lo sé” – yo pretendo curarles de verdad, que un día puedan salir a la calle bajo la luz del día. Deben dejarse ayudar, haremos terapias, minimizaremos la medicación…

–¡Pero no comprende usted! –interrumpió finalmente Goldsmith– el problema es que no cree. No queremos curarnos porque no estamos enfermos, ¿entiende? No queremos seguir su tratamiento porque el mundo se acaba. ¿No lo ve usted? ¿Qué dicen las noticias?

–¡William!, solo una cosa me desconcierta. Ustedes llevan aquí mucho tiempo. ¿Cómo consiguen información del exterior? Se adivina en cada cosa que dice y en la nota. ¿Dónde consiguen la información?

–Ahora empieza a hacer preguntas inteligentes, mi querido Adam –dijo volviéndose y sonriendo triunfalmente a sus compañeros, que le respondieron con una mueca mecánica en la que mostraron los dientes y ninguna alegría– la resistencia no somos solo nosotros, señor Smith. Hay un agente que nos informa cuando puede, pero todos están cayendo. Pero casi todos ellos están localizados, muchos desaparecen todos los días. Solo nosotros podemos salvar a la humanidad.

–Pero ¿por qué, señor Goldsmith? –preguntó Adam. Había establecido que la mejor manera de hacerle ver lo absurdo de su argumento era desmontarlo dentro de su propio contexto. Sabría llegar a algún punto en el que el brillo de sus ojos se apagara y esa pasión enfermiza se enfriara para siempre. Entonces salvaría su vida y quizá iniciaría una terapia desde una base sólida– ¿por qué alguien que está preso es la única esperanza para la humanidad?

–Es evidente –dijo William– porque nadie nos espera. Hemos desaparecido para el mundo. Debemos acabar con los intrusos que habitan este lugar y destruir la nave. Podemos llegar hasta allí sin levantar sospechas porque nosotros ya no existimos.

–Eso no resulta muy lógico, ¿no cree?

–¿Y qué importa lo que crea yo?, ¿qué importa lo que crea usted? ¡Lo verdaderamente importante es que esto se acaba y que la humanidad depende de la decisión que tome un tonto como usted! No, no, no, perdone, no quise decir eso, pero póngase en mi piel, Adam. ¿No cree absurdo que todo dependa de su voluntad?, ¿qué edad tiene?, y su experiencia de la vida ¿cuál es? ¡Si hubiera visto lo que yo! ¡Si hubiera visto esos tres corazones en un solo pecho! Sepa que usted ahora es en parte responsable de todo esto. Tommy ha muerto por su culpa.

–No, hombre –le tranquilizó Adam– ¿es por eso por lo que me miran así? Lo siento, pero tranquilos, Tommy está perfectamente. Yo mismo le llevé a radioterapia.

–No, se equivoca usted. A esta hora Tommy está muerto, se lo aseguro, y si no me cree pronto lo comprobará. Él no sabía mantener la boca cerrada, no tenía valor para ello. Quizá no quede esperanza para nosotros tampoco, depende de lo que el desdichado haya contado, pero sepa que tampoco la habrá para usted si sospechan que sabe lo que curiosamente no quiere creer.

–¡No, Tommy vive! –se enfadó Adam, y adivinando que toda aquella filosofía desquiciada partía de aquel hombre añadió– Deje ya de introducir ideas extrañas en la mente de los demás. Mire a dónde los está conduciendo.

–No, Adam. Nos conocimos todos aquí, ¿o que cree? Cada uno de nosotros lo sabía antes de encontrarnos. Me preguntaba quién es Illdarin, pues ahí va la respuesta –dijo en un susurro y acercándose más a Adam, que instintivamente se alejó– Es el jefe supremo de las fuerzas de infiltración alienígenas. La resistencia abatió una nave en Roswell y solo queda una, ¿entiende? Él no permitirá que el plan se lleve a cabo sin haber transmitido las órdenes, no lo permitirá si ello implica perecer, porque esa raza es inmortal. Illdarin tiene más de ochocientos años.

–Escuche, si fuera cierto ¿cómo demonios iba usted a saberlo? ¿No se da cuenta de las locuras que está usted diciendo?

Uno de los internos alertó de la llegada de Clementine. Estaba vigilando la escalera con la hoja de la puerta ligeramente abierta.

–Se acaba el tiempo –Goldsmith sujetó con fuerza la solapa de la camisa de Adam y lo atrajo hacia sí– No olvide esto, –dijo rápidamente– Aldric es quien manda aquí, no se deje engañar por las apariencias. Él es superior a todos ellos y jamás permitirá que usted indague en el asunto. Si se pasa de la raya usted morirá. Y recuerde, todos aquí, salvo nosotros y usted son alienígenas, ¡no confíe en nadie!

La puerta se abrió tras la llamada acostumbrada y la expresión de Goldsmith se volvió serena de pronto y poco a poco fue adquiriendo una expresión estúpida, pero le observaba mientras se esforzaba en esta transformación y un brillo en sus ojos que aún no se había apagado parecía querer advertirle de algo más.

–Es hora de ir a casa –dijo Clementine ásperamente– ¿ha terminado ya con sus juegos? ¿Se ha divertido bastante?

–Sí –contestó lacónicamente Adam dirigiendo la mirada a la ventana. El sol ya se estaba poniendo. Un atardecer de un rojo hermoso y siniestro empezaba a devorar el paisaje a su paso– lléveselos de una vez.


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