Howard Thomson, La casa de los locos

Mi nombre es Howard Thomson

La realidad no es la verdad. Pero usted no puede entenderlo, porque su vista se limita a la de un plano tridimensional, pero la mía no. En ocasiones la mía se proyecta de forma esférica, ¿comprende? Y en esos momentos consigo ver las cosas como realmente son, y puedo transformarlas, puedo simular su grandeza, traer los otros planos y destruir la realidad tal y como la conocemos para siempre. Pero ¿cómo iba usted a entender esto? Tan solo es un licenciado más sin una carrera auténtica, sin una inteligencia auténtica. Está usted demasiado socializado; ha sido normalizado.

Orígenes desconocidos.

  Es detenido en Junio de 1.940, gracias a la denuncia de un vecino.

  Es hallado a las dos y cuarenta y tres minutos, por los agentes de servicio, en su domicilio.

  Había derribado todos los tabiques de la casa, produciéndose, en el piso superior, inquietantes grietas, que alarmaron en extremo, a sus propietarios, que habían estado escuchando el ruido de las obras, desde el día anterior, sin descanso.

  Tras derribar todos los tabiques interiores, fue sorprendido, arrojando cascotes por la ventana. Sus vecinos habían salido a la calle, alarmados, ante lo que creían, un posible derrumbamiento.

  A estos cascotes, siguió la propia ventana, y después, narran cómo, el propio Howard Thomson, comenzó a golpear la fachada, desde dentro, arruinando la edificación y arrancando ladrillos que caían sobre la acera.

  En el momento de su detención, Howard Thomson gritaba incoherencias. Los agentes comprobaron, con horror, que, de alguna manera, había conseguido cortar dos de los pilares que sostenían el edificio, que tuvo que ser evacuado urgentemente, tras su detención.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

Tome asiento –dijo Adam mientras recuperaba su ficha– ¡Dios! Usted es el picapedrero

Howard Thomson caminaba haciendo equilibrios por un fino hilo de fuego, pero no estaba asustado, sino extasiado ante la grandeza del cosmos. Bajo él un mundo viejo, tostado por los rayos cósmicos, lleno de cráteres, sin un leve vestigio de vida, anaranjado, seco, infernal. Ante él, suspendido en aquel hilo orbital, el mayor espectáculo que pudiera imaginar; un amanecer de dos soles que daban vueltas entre sí, como jugando, como tratando de darse caza el uno al otro. Sobre su hilo imposible sentía su calor, pero los miles de grados que sin duda proyectaban hacia él llegaban sin embargo con una sensación de reconfortante calidez.

Caminaba sin descanso a través de su hilo de fuego, que le conectaba directamente con el más grande de los soles; ya había dejado atrás Mundotostado, que describía la órbita más cercana de aquel sistema, y ya había llegado a su destino. Ahora danzaba junto al sol principal como en un vals en que el otro, celoso, trataba de irrumpir entre ellos, asomándose por encima de su hombro, volviendo a esconderse, tratando de sorprenderle por detrás, cada vez más inquieto ante la llegada del intruso.

Ya introducía sus manos dentro, sintiendo un agradabilísimo calor en ellas, ya apartaba los rayos solares como quien aparta una cortina para ver su interior, brillante, magnífico, cuando de pronto, todo se desdibujó ante él y se encontró en su más que odiado piso de esquinas cuadriculadas, pétreas, áridas; y quiso gritar, y gritó como nunca antes lo había hecho, hasta desgarrar sus cuerdas vocales, hasta perder por completo la voz, mientras sentía cómo su esencia era devuelta al ángulo dimensional que tanto odiaba. Pero esta vez no, esta vez acabaría para siempre con esa maldita dimensión. Sabía cómo hacerlo.

Howard Thomson, La casa de los locos

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