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La mano de Adam se había deslizado sobre la ficha de su paciente. Casi sin darse cuenta había escrito en un margen la palabra “desdichado”. Esto, por un momento le sacó de su abstracción. Le hizo ver cuánto daño había causado Albert en su amor propio. Rápidamente apartó de nuevo la mano y alzó su mirada turbada hacia Albert, encontrando un contacto hiriente con la mirada de este, que en cambio parecía divertido adivinando una sutil mueca en su rostro.

–¿Qué puede contarme acerca de los hombres del espacio? –espetó Adam enérgicamente tratando de sobreponerse a las emociones de su primera entrevista.

–Usted no entendería nada, y si le hablara de ello sin duda me tacharía de loco –Albert se removió ahora inquieto en su incómoda silla y como pareciera que Adam por fin ganaría la partida insistió.

–¿Importa acaso que le tache de loco, señor Blake?, ¿acaso olvida dónde se encuentra? Señor Blake…–pero este le interrumpió.

–Señor, señor, ¡bahhh!, deje de intentar alagarme Adam, usted me pregunta como si en mi condición de loco me creyese en posesión de una verdad desquiciante de la que espera reírse después junto a sus colegas. Eso es lo que no puedo soportar de ustedes, su tono, su aire de superioridad, cómo nos miran desde arriba, encumbrados en una cima que rasga las nubes y satisfechos con ustedes mismos de haber reparado en un gusano como yo que no entiende nada para prestarnos algo de afectada compasión y terminar subiendo nuevamente nuestra dosis de medicación.

«Adam, yo podré ser un desdichado –dijo señalando con su índice la palabra que momentos antes había escrito Adam en su ficha, a lo que este palideció,– pero usted es un engreído, un jovencito que cree saberlo todo, que camina jovial por los pasillos de esta institución sin sospechar los hechos siniestros que en ellos han ocurrido y ocurren, usted, Adam, es un hombre frívolo, superficial y efímero, y no necesito ningún bolígrafo para hacérselo ver, maldito arrogante. No vuelva a insinuar que usted y yo nos parecemos en algo, pues somos muy distintos, esas palabras unidas a su juventud son un insulto para mí. Cree que como yo vivo aquí dentro y usted ahí fuera, usted es superior, pero yo soy perro viejo, sí señor, y usted un jovencito, un pasmarote, un pelele en manos de su institución y sus superiores. ¿Se atreve usted a compararnos? Yo soy en mi condición más libre que usted, más de lo que usted lo será jamás.

Albert Blake miraba ahora con expresión adusta a Adam, que trataba de sobreponerse de sus palabras, visiblemente afectado. Empezaba a sospechar que aquel hombre en realidad no estaba sedado, de alguna manera había eludido los controles, ¿quién sabe si lo haría sistemáticamente y solo fingiría ante los demás un estado de sumisión contemplativa? ¿Pero no sería este peor tormento que estar sedado realmente?

Oh, había reparado en que su boca estaba abierta. ¿Cuál debió ser la mueca de sorpresa y horror que había regalado a su paciente?

–¡Clementine, llévese a este hombre de aquí!

No podía soportar ni un instante más la mirada de aquel loco, fría, hiriente y contumazmente fija en la suya.

Clementine tardó lo que le pareció una eternidad, pero finalmente la puerta se abrió y como un resorte el rostro de Albert cambió en un proceso imperceptible, su mirada ahora perdida en el espacio parecía no ver nada y se dejaba conducir con total mansedumbre por la enfermera mientras en su rostro se dibujó una última sonrisa desafiante dedicada a Adam.

Cuando por fin salieron de su despacho Adam suspiró sonoramente y lió un cigarro a toda velocidad que se apresuró a encender, pero apenas había hecho esto cuando la puerta se abrió nuevamente y entró Clementine con otro paciente.

–Andrew Gordon –dijo dedicando a Adam una mirada de reproche.

Adam apagó rápidamente su cigarrillo y como viera que Clementine seguía allí de pie, mortificándole con aquella mirada, espetó –está bien, márchese.

Andrew había tomado asiento sin esperar a que le invitaran a ello. Miraba inquietamente toda la habitación hasta que su mirada se encontró con la de Adam. Entonces un escalofrío pareció sacudir su cuerpo y se enderezó en la silla.

–Yo no estoy loco, ¿sabe?

Adam le respondió con un incómodo silencio mientras le estudiaba largamente, tal y como parecían hacer todos allí. No podía permitir que la situación se le escapase nuevamente de las manos. Su decisión parecía conseguir el efecto deseado en su paciente, que ahora se revolvía incómodo en su silla y parecía debatirse entre la idea de hablar o no hacerlo. Adam sonrió satisfecho.

–¡Ahh, es usted como ellos! –volvió a romper el silencio Andrew. –¿Cómo no? ¿Cómo podría ser de otra forma?

Adam le regaló otra dosis de silencio, fortalecido ahora por las palabras de su paciente. Le sorprendió un sentimiento de placer saberse torturador de aquella criatura indefensa, sentir que lo que uno le había hecho lo estaba pagando el otro, y fue la certidumbre de este sentimiento lo que le devolvió en sí. Realmente no deseaba ser como ellos, ¿por qué sino había insistido en entrevistar a sus pacientes? Recordó las palabras de Robert Blackwood y de Aldric Thomason. ¿Sería capaz de volverse como ellos, si ya su segundo día allí actuaba como ellos lo hacían?

–Señor Gordon –dijo finalmente­– ¿qué puede decirme acerca de los sabuesos del caos?

Andrew pareció visiblemente sorprendido, su mirada se volvió intensa, escrutando la de Adam por primera vez. Buscaba algo en ella, algo que parecía no hallar, mientras Adam advertía que sus manos se crispaban sobre la mesa, en un paroxismo nervioso que su rostro sin embargo no manifestaba.

–¿Y bien? –insistió.

–¿Y bien? –repitió Andrew a lo que siguió un incómodo silencio.

–¡Hable de una vez! –insistió Adam visiblemente contrariado.

–¡Hable de una vez! –repitió Andrew casi al instante, a pesar de que parecía ausente. Su mirada continuaba fija en la de Adam, fija hasta el extremo de hacerle sentir muy incómodo, mientras sus manos seguían crispándose en un acceso tan violento que Adam temía que de pronto sus falanges empezaran a quebrarse. Pero nada más, ni un solo cambio, su mente parecía sumida en sí misma mientras mantenía una tensión enfermiza sobre Adam.

–¡Señor Gordon, le ruego que…! –pero no le dio tiempo a terminar su frase, pues inmediatamente Andrew la repitió.

–¡Señor Gordon! –nuevamente Andrew repitió la frase de Adam, más alto que la última vez.

–No puedo… –insistió Adam, pero nuevamente Andrew le interrumpió repitiendo más alto aún que la última vez.

–¡Enfermera! –gritó Adam espantado, pues esta vez las dos voces sonaron al unísono.

–No estoy loco –añadió ahora quedamente Andrew mientras sus miembros se relajaban.– Los hijos de la devastación se encuentran en todas partes y usted… usted no es uno de ellos, lo veo en su alma.

Ahora fue Adam quien se sintió alterado, por fin podría extraer alguna información de aquel desdichado, pero justo entonces se abrió nuevamente la puerta, tras la cual se asomó Clementine y condujo a Andrew fuera de la habitación ante la estupefacción de Adam.

Buscó con la mirada su cigarro apagado, aún en la mesa. No había reparado en ello, deseó disponer de cinco minutos para poder encenderlo y lanzar una gran bocanada de humo a través de la ventana, pero temía que Clementine volvería en un instante, como la vez anterior. Repasó rápidamente la ficha de Andrew Gordon y en un impulso escribió “loco de remate”. Aquella fue su sutil venganza, aunque enseguida se sintió mal por ello, sin embargo, nuevamente uno de sus pacientes había conseguido desbordarle, y hacerle sentir confuso e irritado.

De nuevo se abrió la puerta y de nuevo Clementine apareció con su tercer paciente.

–Edward Anderson –anuncio, tras lo cual se marchó.

–Buenos días señor Anderson, tome asiento –Adam trataba de sobreponerse y volver a conducir sus entrevistas a una situación de normalidad. – ¿Supongo que usted tampoco está loco?

–Oh, sí, rematadamente loco –dijo Edward mientras tomaba asiento con aparente naturalidad.

Unos instantes de silencio en los que Adam trataba de elegir la estrategia que emplearía con Edward.

–Examinando su informe, su perfil podría parecer el de alguien que pretende ser arrestado a toda costa –dijo finalmente.

–¿Por qué dice eso? –contextó Edward, al parecer extrañado.

–Usted se declaró culpable de unos homicidios que realmente no cometió hasta que al parecer decidió cometer uno de verdad. ¿Cómo se explica esto? ¿Esperaba que por fin le creyeran?

–Oh, se equivoca usted, señor. Asesiné a algunos de aquellos monstruos y me entregué una vez tras otra, pues ante todo soy un buen ciudadano.

–¿Aún ahora dirá que cree aquellas fantasías? ¿No se da cuenta de que puede usted rehabilitarse?

–¿Fantasías?, ¿rehabilitarme?, ¿quién fantasea, señor, usted o yo? ¿Me dirá que no asesiné a ninguna de aquellas personas, cuando yo mismo extraje los tres corazones del pecho de aquella muchacha? Es usted un loco, no un mentiroso como ellos, ahora lo veo, pero lo será o no será nada, se lo advierto. Es usted un cuerdo que está loco y yo un loco que está cuerdo, yo estoy aquí dentro porque conozco cosas que usted ni si quiera sospecha, motivo por el que usted está fuera, ¿no es irónico?

–No, Edward, no lo és. No se lo parece a Ingrid Benson.

–¿Quién es esa?

–La mujer a la que trataste de asesinar –Adam perdía visiblemente la paciencia.

–Ah, eso. No, no era una mujer. Ellos le dirán que sí, pero no, no era.

Esta vez la puerta se abrió sin que Adam llamara a Clementine, y esta apareció tras ella dispuesta a llevarse al paciente.

–Recuerde –Decía Edward apresuradamente mientras la enfermera le sacaba de la habitación.– Ellos no le permitirán que sepa la verdad, no, no lo harán.

–Parece –impuso Clementine su voz– que este paciente travieso ha encontrado la manera de evitar la sedación. Le daré una intravenosa –y mirando a Adam añadió– Es la hora de comer.

Por unos momentos Adam quedó solo en la habitación con las fichas de sus pacientes ante él. Todos ellos le habían desconcertado enormemente. Aún podía palpar su propia excitación ante su primera experiencia.

Por fin encendió su cigarrillo abandonado, se asomó a la ventana y tras una gran calada llenó sus pulmones de aire puro. Pero la luz del día no le parecía tan esperanzadora. Al fondo, el cementerio, y más allá, sobre la colina, aquella casa solitaria, tal y como se sentía él.

Quizá no había sido tan buena idea desafiar las indicaciones de quienes en realidad eran sus superiores. Había llegado con sus ideas innovadoras y cándidas, tal y como Robert Blackwood había dicho. Había hecho lo que él deseaba, en lugar de lo que le habían recomendado tan explícitamente y se había enfrentado a la locura y esta había encontrado argumentos que le habían desarmado completamente en varias ocasiones.

Adam esperó encontrar enfermos inválidos intelectualmente y sin embargo le plantearon un desafío. Para empezar, ninguno de ellos parecía realmente sedado, en cierto modo le habían tomado la medida.

Frente a la mesa, Robert Blackwood le miraba sostenida e inquisitivamente. Su rostro parecía más severo de lo habitual. Aldric Thomason, sin embargo, no paraba de hablar haciendo referencias veladas a la actitud de Adam. Contó una historia sobre un marinero demente que Robert parecía seguir afectadamente, aunque más bien observaba las reacciones en el rostro de Adam, hasta que, sin terminar su historia Aldric se volvió y le espetó directamente.

–Escúcheme, ¿Cuánto hace que ha terminado su carrera?, ¿una semana, dos? Yo trabajo para esta institución más de diez años y he visto pasar muchos pimpollos como usted…

Adam trataba de engullir un filete de carne demasiado seco, atravesado por la mirada de Robert, que asentía satisfecho ante cada aseveración de Aldric.

–¡Lo digo por su bien, Adam! –insistía Aldric,– mis pacientes permanecen sedados todo el tiempo y no dan ningún problema. He oído que le están contando historias extrañas, ¡no les haga caso!, ¿qué ocurrió con aquel desdichado, el que no aguantó un mes aquí? –interrogó a Robert, que se limitó a girar el índice sobre su sien. –¿qué espera obtener usted de todo esto? –añadió volviéndose a Adam, pero antes de que este pudiera responder continuó.– Les hemos acostumbrado a un modo de vida, ellos son felices así, no, no me mire de ese modo, a su manera lo son. Recuerde que estos malditos locos son un peligro para la sociedad, han evitado la silla eléctrica porque sus mentes están arruinadas, ¿qué pretende, devolverlos a la sociedad?

–Adam –añadió Robert suave, conciliadoramente– ¿cuánto tiempo va a pasar aquí, no más que unas semanas, su contrato de prácticas terminará y tendrá que marcharse y nosotros seguiremos necesitando cubrir su plaza. En esta institución hacemos las cosas como se han hecho siempre, quizá no apliquemos los modernos métodos que le han enseñado en la carrera, no pretendemos hacernos amigos de los locos y si quiere, nuestros métodos, frente a los suyos pueden parecer un tanto retrógrados. Dese cuenta, Adam, que estoy tratando de ponerme en su piel cuando digo esto.

«El país no está como para contratar loqueros como antes, hay muchos recortes, ya le dije que trabajamos con pocos medios, pero yo he tenido la habilidad de mantener a dos psiquiatras titulares en mi plantilla.

«Mire, sé que huele a orines y a veces también a mierda, no se lo niego, el edificio es viejo y los locos son locos, ¿entiende? Pero el sueldo no está del todo mal, su trabajo consiste en hacer una mera supervisión. Quizá le parezca poco para usted, pero así están las cosas, podrá estar satisfecho si termina su carrera profesional entre estos muros. De no ser así podría estar sirviendo hamburguesas en cualquier tugurio dentro de unas semanas. ¿Es eso lo que quiere, Adam?

 –No –respondió el con un hilo de voz apenas imperceptible. Es cierto que soñaba con una gran carrera, quizá cubrir un buen expediente durante su permanencia en la institución para lograr después un trabajo en el área de investigación o en algún hospital importante, siquiera en cualquier consulta tratando a personas corrientes antes de seguir en aquel lugar triste, abandonado e infecto, pero en cierto modo, en su fuero interno debía reconocer que a Robert no le faltaba razón.

–Ande, Adam –añadió Robert visiblemente satisfecho.– Sea bueno, termine esta tarde su pequeña travesura, no, no, está bien, es su primer contacto con el mundo real, lo necesitaba, concedido pues, pero acabe esta tarde y a partir de mañana siga el ejemplo de Aldric para que todos podamos convivir con armonía, y en unas semanas el gobernador recibirá una recomendación para que sea definitivamente contratado –como Adam iba a contestar, Robert, levantándose y dándole una palmada en el hombro añadió.– no, no me dé las gracias. Pronto verá que en esta institución todos somos como una familia.

Robert abandonó la sala, complacido. Adam se hundió en la silla. Aún estaba Aldric examinándole de cerca, Adam se irguió de nuevo.

–Por amor de Dios –dijo Aldric– vamos a dejarnos de jueguecitos con nuestros pacientes y vamos a trabajar como debe hacerse –dicho lo cual se incorporó y abandonó a su vez la sala.

Adam se levantó, las enfermeras le observaban gravemente desde el otro extremo de la mesa. Con pasos pesados, taciturno, abandonó por fin la sala el psiquiatra derrotado.


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