Capítulo anterior   /   Capítulo siguiente

Libros gratis para leer en línea


  «Usted no los conoce. No los ha visto, y ya se atreve a tomar disposiciones acerca de lo que deben y no deben hacer. ¿Cómo retirarles un suero que es lo único que les ata, de algún modo a este mundo? Espere dos semanas. Aclimátese, siga las instrucciones que el doctor Thomason le indicará y en pocos meses, estará usted preparado para manejar a sus pacientes como estime oportuno, y le aseguro, que con el conocimiento que habrá adquirido, lo hará del mismo modo en que lo hace él ahora.

  –Clementine –suspiró Adam, deprimido, pasándose la mano por la cara. ¿No le permitirían ejercer su profesión? Volvía a sentirse muy pequeño. Demasiado, en aquel lugar.– Clementine, insisto. Haga entrar a mis pacientes en el orden que le indiqué.

  –Pero, doctor Smith. Están sedados.

  –¿Y no lo estarán dentro de dos semanas, en el reconocimiento en el que tanto se empeña? –estalló de ira.

  –Naturalmente

  –¿Entonces?

  –Entonces, doctor Smith, ¿quiere que haga venir a sus pacientes, a pesar de todo lo que le he dicho?

  –Así es, enfermera Silverstone.

  –Espere usted dos semanas.

  –¡Clementine!

  –Oh, doctor Smith. Si tanto lo desea, vaya a hablar con el señor Blackwood –y diciendo esto hizo un gesto que quería expresar que su paciencia había sido sobrepasada notablemente, por la testadurez de él, y se marchó dando un portazo.

  Adam dudó unos instantes, preguntándose si realmente quería enfrentarse a Robert Blackwood. Finalmente descendió la escalera y se dirigió a su despacho. Llamó quedamente y sin esperar contestación entró.

  Robert Blackwood leía un libro. Hizo un gesto con la mano, indicando que esperara, y tras algunos instantes, colocó un separador en la página y lo cerró.

  –Señor Blackwood –dijo Adam irritado. ¿Nadie allí tomaba en serio su trabajo?

  –Buenos días, doctor Smith. ¿Ha reflexionado usted sobre lo que ocurrió ayer? –como viera que Adam iba a estallar de impaciencia, añadió.– Cálmese, doctor. Tome asiento. ¿No quiere? –su rostro se volvió extrañamente afable.– Mire, doctor Smith –añadió, mostrando la cubierta de su libro.– No ha leído usted este libro, ¿verdad que no? –era una nueva edición de “El señor de las moscas”.– Su argumento es muy interesante, aunque si tuviera usted mi experiencia, pensaría que no es nada original. Por ello, creo que usted podrá disfrutar de su lectura más que yo, si cabe. Si quiere se lo presto.

  «Trata del orden y de la anarquía, y cómo, tras la ausencia de una autoridad moral, se instaura la última. Por supuesto, esta es predecesora de la locura. Después, naturalmente, el caos, y cómo, quien intenta dirigir a un grupo de estas características, termina abandonando todos sus ideales, abrazados durante tanto tiempo, para lanzarse al abandono, y convertirse, no en un líder, ni en un salvador, sino, simplemente, en el señor de las moscas. Creo que podría interesarle, por supuesto, está muy bien escrito. Es conciso y austero, directo y sencillo, pero es una de esas obras, que tras la última frase, cierra un círculo perfecto, y entonces advertimos que lo que hemos tenido en las manos durante tantos días, es una joya. Si lo quiere es suyo, se lo regalo –añadió empujando el libro hasta que este estuviera al alcance de Adam.

  –¡Señor, no he venido para charlar sobre literatura! –Adam se apoyó sobre la mesa de Robert, irritado.

  –Oh, por supuesto. Pero un hombre de nuestro siglo, ha de estar siempre dispuesto a valorar nuevas posibilidades.

  –He venido a informarle de que la señorita Clementine ha desobedecido una orden directa, que afecta íntimamente a mi labor en este centro.

  –¡Imposible!

  –¡Señor Blackwood! Ocurrió como le digo, y no quiero que vuelva a repetirse.

  –Doctor Smith –decía Robert en tono conciliador.– A pesar de su aparente corta edad, la señorita Silverstone, trabaja aquí desde hace muchos años. Su honradez está más allá de todo juicio, y su profesionalidad también ¿Qué insinúa?

  –Le ordené que no sedara a mis pacientes y que los preparara para una entrevista, que pienso llevar a cabo hoy, y no lo ha hecho.

  –Entonces, sin duda, no ha sido más que un mal entendido. ¿Qué esperaba? ¡Una orden así, que contradice todas las recibidas durante diez años! Incluso yo la habría interpretado de otra forma.

  –Entonces, ¿nada impide que lleve a cabo mis entrevistas?

  –Doctor Smith, ¿ve qué fácil es caer en un malentendido? Ahora lo ha hecho usted. Quede claro que nadie va a interferir en su trabajo. De manera que usted podrá llevar a cabo, todas las acciones que crea oportunas, siempre que sea su potestad, hacerlo o no.

  Adam suspiró aliviado.

  –En ese caso, quiero que mis pacientes sean preparados para empezar las entrevistas de forma inmediata. ¿Hay algún problema en ello?

  –¡Por supuesto que no! ¿Qué ha creído? –exclamó ahora indignado, Robert Blackwood.– Pero tendrá que comunicárselo a la enfermera Silverstone, y esta vez, hágalo de manera que su orden no pueda interpretarse de otra manera.

  –Pero… –comenzó Adam, abatido, pero viendo que Robert acababa de tomar el libro de nuevo, y retomaba su lectura, abandonó la discusión y salió del despacho.

  Llamó a la sala de las enfermeras y entró. Clementine y Anne Marie, tomaban un café, al parecer, bastante animadas.

  –Señorita Silverstone –empezó Adam.

  –¿Ha venido para seguir regañándome, doctor Smith? –preguntó ella en un tono dolido. Anne Marie le dedicó una mirada de reproche, que contrastaba con la radiante sonrisa que le había mostrado hasta entonces.

  –En absoluto. Quería disculparme por el malentendido de antes –trató de hacer las paces con ella, humillándose, como parecía que correspondía en aquel infame lugar. Al fin y al cabo, ¿no era lo que todos querían?

  –Acepto su disculpa, doctor Smith. Entiendo que en el futuro, sus instrucciones serán más claras y más apropiadas.

  –Como quiera, Clementine, pero prepare mis pacientes inmediatamente –se impacientó finalmente.

  –Prepararlos, ¿para qué, doctor?

  –¡Para la entrevista, Clementine, para la entrevista! –y dando palmas comenzó a apremiarla.– ¡Vamos, vamos, vamos, vamos!

  Tras esto, abandonó la habitación para dirigirse a su despacho, pero no sin antes escuchar «vaya modales», por parte de Anne Marie.

  Esperó en su sillón, al menos durante media hora más, fumando cigarrillo tras cigarrillo. Preguntándose si no se volvería loco en aquel edificio y saltaría a través de la ventana, o por el contrario, bajaría de nuevo a hablar con Robert Blackwood, cuando, de pronto, alguien tocó a su puerta.

  Esta vez no le dio tiempo a retirar la taza. La puerta se abrió inmediatamente, pero Clementine no se molestó en mirarle.

  –Albert Blake –dijo antes de marcharse.

  La puerta quedó abierta, y por ella entró un hombre titubeante. Sus ropas, viejas, grises y sucias, eran las ropas de un desdichado; de un abandonado.

  Su cabello, revuelto y graso, caía alborotadamente alrededor de su cabeza. Caminaba con pasos cortos y la punta de sus pies mirando hacia dentro. Su rostro, su mirada sombría, su barba mal afeitada, y ese brillo de desesperación que se adivinaba, enterrado en lo más profundo de su mirada, en aquella ventana directa al alma, que de pronto había sido reducida hasta extremos enloquecedores, provocando una opresión claustrofóbica en quien se asomara a ellos, pues se adivinaba que la inteligencia de aquel hombre se había hundido en un pozo demasiado profundo, demasiado angosto, impracticable, y por tanto, no sería jamás rescatado. Pero lo más estremecedor, era advertir cómo la humanidad caminaba, dejando atrás ese pozo, sin molestarse si quiera en asomarse. ¿Por qué? ¿Temían enfrentarse al rostro de la locura o de la desesperación?, ¿temían contemplar aquello que habían abandonado a su suerte, para que la vergüenza de su acto no les persiguiera imperecederamente?, ¿temían servirse de una imagen que destruiría para siempre la quimera que habían creado a su alrededor, para justificar todos sus actos perversos, y disfrazar el sórdido y cruel mundo que habían creado, en el escenario de un mágico cuento de hadas? Pero tras cada decorado se intuye la perversión; en la mirada de los actores, disfrazados de duendes mágicos, asoma una luz siniestramente maligna que sobrecoge, y finalmente, no caminamos a través de este quimérico universo, sino, girándonos de vez en vez, para asegurarnos de que nadie sigue nuestros pasos, y encerrarnos en nuestras casas, donde nos sentimos seguros de nuestros semejantes. Donde no podrán hacernos daño.

  Fue la recreación en su mente, de este escenario, la desdicha que rezumaba de cada poro de su piel, la figuración del dolor insondable que debe sentir un hombre abandonado a su enfermedad, como lo era él. Encerrado entre las negras paredes de su mente, y entre las blancas paredes de aquel escenario frío y real, frívolo y cruel, que se había diseñado para quienes nada tenían que decir: para los abandonados. Fue todo esto, lo que inmediatamente  despertó su compasión.

  –¿Señor Albert Blake? –Las palabras de Adam habían quedado suspendidas en el espacio durante unos instantes, sin que se advirtiera ninguna reacción en su paciente, pero poco a poco, se fue dibujando una leve sonrisa en su rostro, al principio de forma inapreciable, pero poco después, parecía que aquella transformación no terminaría jamás, a medida que los labios de Albert se arqueaban más y más, hasta lo imposible. Esto alimentaba en Adam, una tensión que no había sospechado. Cierta sensación indefinible de alarma nació en él. «Este hombre ha asesinado a su familia».

  Por vez primera, Adam dudó de que la decisión que había adoptado al enfrentarse a sus compañeros y llevar a cabo aquella rueda de entrevistas, fuera en realidad correcta. ¿Qué pasa por la mente de un loco?

  –Tome asiento, por favor –añadió señalando la silla de madera que se hallaba frente a él, pues ya no esperaba respuesta alguna a su pregunta.

  En la mirada de Albert, podía leerse una baga lucidez tras un manto de caos. Aquella mirada tenía algo de extraña elocuencia, como si tras muchos años de privación hubiera aprendido a contener en una sola expresión todas las palabras, como si, de alguna manera, fuera capaz de proyectar sus sentimientos sin expresarlos.

  Así, tras su mirada, podía leerse «¿acaso no lo sabe usted?, ¿verdad que sí?», o simplemente «voy a acabar con su vida».

  Albert corrió lentamente la silla hacia atrás y tomó asiento.

  –Al menos me entiende usted –continuó Adam, pero como viera que tampoco recibiría respuesta a esto, y lamentando el hecho de que el paciente estuviera sedado, añadió.– ¿Sabe por qué está usted aquí?

  –Dicen que estoy loco –borbotó de pronto, una voz carraspeante e impetuosa, que sorprendió profundamente a Adam, pues ya nada esperaba de aquella entrevista.

  –Asesinaste a tu familia –añadió temiendo la reacción de su paciente, pero al parecer, este se hallaba en un estado de tranquilidad contemplativa, ligeramente ajeno a cuanto allí ocurría, con cierta indefinible sonrisa en su rostro, que podía deberse a la desconfianza o sencillamente a la inseguridad.

  –Bueno, eso también –añadió Albert.

  –¿No le parece justo, Albert? ¿Comprende usted que su libertad compromete la seguridad de los demás? –Albert pareció indeciso durante unos instantes, pero finalmente, su sonrisa se amplió, mostrando una fila de dientes amarillentos. –¿No le parece a usted, que su encierro es necesario?

  –¿No se lo parece a usted? –replicó Albert inclinándose hacia delante. Ahora su sonrisa se había tornado provocadora.

  –Eso estoy tratando de determinar.

  Albert parecía mostrarse pensativo. Parecía que escrutaba a Adam, que lo estudiaba, aunque este descartó la posibilidad al instante. No hacerlo habría significado atribuirle una inteligencia consciente de la que probablemente no disfrutaba. Debía averiguar cómo se comportaba su mente, qué extraía de cada frase, de cada conversación. Debía, en definitiva, conocer el estado real de la inteligencia de Albert Blake.

  –Es usted antropólogo, ¿no es cierto? –de nuevo aquella sonrisa indefinible por respuesta. –Ha de saber usted que sus estudios y los míos están íntimamente ligados. Comprenderá entonces mi metodología, y sin duda, sabrá que si está aquí es porque tengo interés en usted.

  –Lo que usted diga, pero antes sea educado, por favor –contestó Albert, con cierta indiferencia.– Yo aún no le conozco y no sé qué puedo esperar de usted.

  –Oh, discúlpeme –se incorporó Adam rápidamente, tendiendo su mano. Se había visto sorprendido por un paciente al que había subestimado por completo. Quizá ese aire ausente lo provocaba tan sólo el sedante. Quizá se hallaba, en realidad, frente a una persona extraviada, pero despierta. –Adam Smith.

  Albert recogió su mano con la suya y la soltó rápidamente.

  –Bien, señor Adam Smith –moduló lentamente.– ¿Debo colegir de sus palabras, que es usted el nuevo loquero de mi sección? –Adam asintió, confundido, mientras volvía a tomar asiento.

  Tras una larga pausa, Albert añadió:

  –¿En qué cree, Adam, que se parecen nuestros estudios?

  –Bueno, es una cuestión elemental, señor Blake, puesto que al final, buscamos una respuesta a la gran pregunta, y lo hacemos en lugares muy próximos.

  –¿Y cuál es esa pregunta, Adam?

  –¿Por qué?

  Albert pareció reflexionar un momento. Adam permanecía expectante.

  –¿Quiere usted saber por qué asesiné a mi familia?

  –¿Quiere usted contármelo, señor Blake?

  –Oh, Adam. Es usted un cerdo arrogante.

  –¿Por qué dice eso? –preguntó visiblemente ofendido. Una frase así era lo último que había esperado, pero quizá lo primero que cabía esperar en ese lugar.

  –Bueno, Adam. Usted me ha estado llamando Albert, hasta que ha sacado a colación que nuestros títulos son equivalentes, aunque sabe bien que no es así. Es entonces, cuando ha empezado a llamarme señor Blake, y después, yo le he llamado a usted, simplemente Adam. Usted ha tratado de ensalzarse así mismo, ensalzándome a mí. Tras haber igualado nuestro estatus, parecía ver claramente que donde fuera uno de los dos, iría el otro, pero ha ignorado usted el lugar en que nos hallamos; la ventaja que tiene sobre mí, y entonces, yo le he llamado simplemente Adam.

  «He percibido su ira, Adam, cada vez que empleaba este modo más desenfadado de hablarle, mientras a usted ya le resultaba imposible cambiar, y cómo percibía que la balanza se inclinaba en mi favor. Es usted muy joven. Ha pretendido soslayar, en su trato conmigo, que su realidad y la mía son completamente distintas, y esta obviedad ha sido su perdición.

  –No es cierto –protestó Adam, confundido ante la inesperada locuacidad de su interlocutor.

  –Oh, vamos. No tiene importancia. Tan sólo quería advertirle que siendo tan complaciente, se convierte usted en un mentiroso, y por lo tanto, en una persona débil. Ahora, usted siempre será para mí, Adam, y yo para usted, el señor Blake. Queda por tanto, instaurada una nueva relación vasallática. Pero no tema, Adam. Usted se irá dentro de unas horas en su flamante coche, y yo permaneceré en una habitación acolchada, probablemente, con una camisa de fuerza, si no me gusta la cena.

  Adam se incorporó y comenzó a recorrer el despacho, visiblemente excitado. No comprendía cómo podía darse una conversación así con un paciente sedado. Lo cierto es que jamás había hablado con ninguno, y quizá la dosis de sedante era lo suficientemente baja como para permitir toda aquella lucidez que por un momento, le había deslumbrado.


Capítulo anterior   /   Capítulo siguiente

It's only fair to share...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn