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  Fue aquella, una de esas noches que nos hacen concebir la idea del purgatorio. Con la cabeza embotada, luchamos, entre las sábanas, contra un ser imaginario, contra el destino inexorable, contra el pasado irreversible o contra nuestros propios temores, en un entorno sombrío, nebuloso, plañidero, onírico, repetitivo hasta la náusea, mortificante hasta lo indecible, sin sospechar aún, que aquel fantasmagórico marco, al que hemos sido arrastrados, reluctantes, no es más que la confusión de nuestra mente atormentada, que se ha convertido temporalmente, en la inaccesible barrera de nuestra razón.

  Adam había despertado, envuelto en un mar de sudor, sorprendido mientras esbozaba la idea de un grito desgarrador y sublime, que en último término, estaba destinado a representar el leño que le conduciría hasta la superficie, hasta la realidad.

  Su mente, aún embotada y confundida, trataba de recuperarse de tan angustioso estado. Miraba en torno así, preguntándose «¿Dónde estoy?», hasta que los recientes recuerdos fueron aflorando poco a poco, a medida que se retiraba el velo que los había cubierto, y con ellos, la razón.

  A menudo, reflexionaba sobre cuán delgada es la línea que separa la razón de la locura. ¿Cuántos creen ser cuerdos, y lo hacen creer a los demás, exponiendo con vehemencia argumentos disparatados, que sin embargo, muchas veces, parecen razonables a nuestro débil entendimiento? ¿No es esta, la antesala de la locura? ¿No nos vemos, todos nosotros amenazados por ella, casi a diario? ¿Cuántas veces habrá rozado la inocencia de nuestro entendimiento, invisible para nosotros, y sin embargo, dañina y ponzoñosa, hasta el extremo? ¿Cuán vigorosa o débil, es esa estrecha línea, que separa la razón de aquel otro universo que nos separaría por siempre, de toda idea acerca de la verdad, de todo vestigio de lo que un día fue para nosotros la humanidad y la naturaleza, tal y como debe interpretarse? ¿Acaso no tememos todos, despertar un día, y ser incapaces de descubrir ese manto que ha velado nuestra razón, a causa de una leve variación electroquímica, que se ha producido en nuestra mente?

  Adam se incorporó en su lecho, con un imperceptible, pero violento temblor, en todo su cuerpo. Se volvió hacia la mesita de noche y miró el despertador. Marcaba las siete y cuarto de la mañana. «Maldición», pensó. Todavía quedaban tres cuartos de hora, hasta que se activara la campana que debía haberle arrancado de un reconfortante sueño. Sin embargo, se sentía exhausto, pero tenía la certidumbre, que sabiendo el poco tiempo del que disponía, no sería capaz de dormir de nuevo, sino que volvería a sumergirse en aquella espiral de inquietud que le haría dar vueltas, de nuevo.

  Se incorporó, maldiciendo su suerte, y sintiéndose de pronto, muy pequeño, muy insignificante, muy incapaz de enfrentarse, aquel día a nadie, o de llevar a cabo todas aquellas entrevistas, con tan peligrosos pacientes. ¿Sería esto lo que provoco el estado de nerviosismo, que le impidió alcanzar la parte fundamental del sueño? Quizá fuera eso, o quizá el opresivo entorno, el hedor a vejiga y enfermedad que allí se respiraba, o la indiferencia al dolor más sublime, que todos sus compañeros habían mostrado, o quizá la baga idea de ese dolor, y la certidumbre de que pronto, se mostraría ante él con toda crudeza. Quizá fue la angustiosa mezcla de todas estas ideas, o la voz interior de su alma, que le instaba a escapar de allí y regresar a la granja de sus padres, donde sería bien recibido, y atendido con aquella reconfortante y protectora idea de la humanidad que todos creamos en nuestro hogar y destruimos después fuera, celosos de que ningún extraño se acerque lo suficiente como para sentirse reconfortado con su calor.

  La ventana estaba abierta. La calle, silenciosa y solitaria, estaba bañada por la brillante luz de la luna. Adam fumaba un cigarro, apoyado el pecho en el marco de la ventana, recibiendo en el rostro, la frescura de aquella hermosa noche. Miró al cielo estrellado, y esto pareció infundirle valor.

  Es curioso cómo, el marco celeste, puede llegar a reconfortarnos, pues representa, en lo más íntimo de nuestra psique colectiva, la inmutabilidad, la persistencia, la solidez, y en definitiva, todo aquello que nos sugiere la idea de la seguridad, y por tanto, nos imbuye de confianza hacia nuestros propios actos, porque los llevamos a cabo bajo un marco estático, pues en realidad, nada nos hace pensar que hemos abandonado la primitiva cueva a la que nos arrastramos como gusanos, para no ser devorados por nuestro entorno.

  Sin embargo, si al menos sospecháramos, que ese marco, no es sino una comedia brillantemente ejecutada, que oculta a nuestra pretendida razón, el caos supremo y devastador que se extiende en todas direcciones, hasta distancias siderales, escalofriantes, donde el hombre jamás será llamado, si quiera a vislumbrar; distancias abrasadoras, cuya sola idea, haría perder la razón a la humanidad entera, si es que alguna vez, esta fue su guardiana. Si llegáramos a sospechar que las distancias desde las cuales nos llegan esas luces, son tan abrumadoras, tan inabarcables, tan inconcebibles para nuestra mente, que los mundos que emitieron muchas de ellas, ya no existen, pues fueron pasto de la devastación que, paciente, orbita sobre nosotros también, y cuyas luces, probablemente, jamás dejemos de percibir, pues nuestro mundo será pasto de una destrucción de proporciones enloquecedoras, mucho antes de que se apaguen a nuestros caducos ojos. Si llegáramos, por un momento, si quiera, a comprender, la delirante casualidad que ha concatenado las causas de la vida en nuestro planeta, y lo insignificantes que somos, a pesar de nuestra arrogancia, que es similar a la de la pequeña hormiga, que ha sojuzgado definitivamente a sus vecinas, junto a su tribu, y ha creado un montículo, a la entrada de su hormiguero, con las cabezas arrancadas de sus rivales, y por un momento se siente la dueña del mundo, sin sospechar que nuestro pie se cierne sobre ella, y todo su universo quedará extinguido para siempre, sin provocar la menor emoción en nosotros. Si entendiéramos, qué poco, en realidad, nos hemos diferenciado del resto de los animales, de modo que, en realidad, de nuestro mundo no habría nada interesante que salvar, rechinarían nuestros dientes hasta quebrarse uno a uno, y saltar de nuestra boca al suelo, donde caeríamos después, víctimas de los más violentos espasmos, de modo que nuestros dedos se quebrarían, y la espuma de nuestra boca haría entender, a cualquier curioso interesado en presenciar nuestro dolor, que hemos perdido la razón para siempre, y con ella el espíritu, aunque nunca habremos estado situados tan cerca de la verdad, en toda nuestra existencia, pero es esta, tan aterradora, tan vertiginosa, tan llena de espanto y locura, que no podremos asimilarla, y nuestra conducta, postrera y humillante, dará la razón a quienes no miraron al cielo, buscando en él la verdad, sino un triste y vago consuelo, que les ayudaría, un día más, a arrastrar su destino a donde quiera que la fatalidad pretenda conducirlo.

  De este modo, la irreversibilidad y la fortaleza y profundidad cósmica y atávica, de todo cuanto nos rodea, queda oculta para nosotros, invisible tras ese reconfortante manto negro, cubierto de estrellas y de la luna, la visión de la cual ya debería ser lo suficientemente inquietante.

  De este modo, suspiramos ante una belleza extasiante, y hallamos en nuestro corazón el valor suficiente para enfrentarnos a todo cuanto traerá consigo un nuevo día, en el escenario que hemos creado para una perfecta representación de la vida.

  Así nos henchimos de valor y progresamos, en contra de cuanto cabría pensar, bajo un estudio en detalle sobre nuestra naturaleza, y sobre todo aquello que nos motiva y nos impulsa para hacerlo.

  Adam cabeceaba ahora, con la fresca brisa nocturna acariciando su rostro. Comenzaba a añorar su lecho; taparse con la manta hasta el cuello, estirarse bajo las sábanas perezosamente; descansar, en definitiva. Se sentía tan agotado como la noche anterior, cuando por fin llegaba a casa para acostarse.

  En su mente, comenzó a esbozarse el comienzo de un nuevo universo que acababa de ser concebido. Cierta melodía envolvente y completamente desconocida, llegaba perezosa, nota a nota, hasta sus oídos. Comenzaba a dibujarse un paisaje en torno a sí; oía el sonido de una corriente de agua por algún lado, y de pronto, aquella alegoría inconsciente se esfumó bruscamente con el irritante sonido del despertador.

  Tras un breve titubeo, Adam se lanzó, furioso sobre él y lo desconectó. ¡Qué injusto, cuando advertimos que el tiempo para nuestro descanso se ha esfumado, sin haber tenido la oportunidad de tomarlo!

  Maldecía aún su suerte, cuando subió a su viejo Ford Fairline y emprendió de nuevo, el camino del psiquiátrico.

  Ya se recortaba en el horizonte. A la luz de la luna, su visión se hizo insoportable para él. Sólo la idea de quedar vinculado por siempre a un lugar así, le llenaba de la más viva angustia. No. No acabaría sus días allí ni en ningún otro psiquiátrico. Tan sólo debía ser paciente y permanecer atento a las nuevas oportunidades, que sin duda, se abrirían ante él. Entre tanto, ¿qué mejor manera de adquirir experiencia?

  El sol ya estaba saliendo, y con él, la esperanza de la felicidad. Sin embargo, tan pronto comenzó a albergar esta idea, se cruzó por su mente el caso de Arthur, el psiquiatra que hubo de abandonar el centro en menos de una semana. No había podido soportar ver el rostro de la locura. Había sido advertido de ello, en la propia escuela. La visión de aquellos rostros tan alienados, tan alejados de toda idea de lo que consideramos humano, puede causar estragos en un alma sensible. Pero Adam sospechaba que aquellas palabras encerraban un secreto aún más terrible. ¿De qué modo afectarían los pacientes a la cordura de Arthur, de manera voluntaria? Examinando los sucesos del día anterior, ¿no cabría pensar, más bien, que fueron las propias exigencias del centro, o el trato con sus propios compañeros, lo que quizá, hizo que Arthur escapara del centro para no regresar jamás? ¿Podía de algún modo, aquella historia, suponer una advertencia mucho más palpable de lo que se había insinuado?

  Aquella idea le habría amedrentado en cualquier otro momento, pues no era Adam, un luchador, sino un conformista. Su alma era impresionable, pero débil, de manera que sólo habría bastado que aquella exigencia fuera planteada de otro modo, como una sugerencia amistosa, para que él la hubiera seguido, punto por punto. Pero no de aquella manera, no bajo aquel sol que poco a poco despuntaba, hasta ganar el cielo, haciendo retroceder a las tinieblas a su paso.

  Se sentía imbuido de cierto insospechado valor. Llevaría a cabo las entrevistas, a pesar de la mirada de reproche de Clementine, de las palabras agrias de Aldric y del molesto escrutinio de Robert. Lo haría, al menos, hasta llegar al fondo de aquello que le intrigaba, hasta haber conocido, al menos, a sus pacientes y determinar él mismo, qué clase de medicación debían llevar en adelante.

  Actualizaría sus fichas, enviaría informes a sus familiares, y trataría de que tuvieran contacto con ellos, si como sospechaba, este estaba restringido. Introduciría en su pequeño universo, en definitiva, todo aquello que pudiera ser beneficioso para el restablecimiento de su salud mental, si cabía pensar en ello como una posibilidad.

  Actuaría en definitiva, como un psiquiatra y no como un carcelero.

  Había llegado por fin. Aparcó en el mismo lugar del día anterior y se dirigió, confiado, al edificio.

  Volvió a llamar al timbre y le contestó el mismo sonido chirriante. –Adam Smith– volvió a contestar, como el día anterior, y como el día anterior, la misma enfermera, mascando quizá, el mismo chicle, abrió la puerta.

  Adam se dirigió, resuelto, a la escalera que conducía a su despacho, tras un rápido saludo. No deseaba cruzarse con ninguno de sus compañeros aquella mañana.

  Introdujo la llave en la puerta de su despacho, pero descubrió que esta, estaba abierta. Eso sólo podía significar que alguien más tenía una copia de la llave. Alguien había entrado en su ausencia. Tal vez todos tuvieran la copia de esa llave, y le habían dado una a él para darle una falsa sensación de seguridad. Tal vez, aquel gesto había sido una advertencia. ¿Alguien trataba de decirle, que no habría secretos en su despacho, y por extensión, en todo lo concerniente a su trabajo? Si fuera así no cabría duda de que el detonante habría sido su decisión de suspender los sedantes para comenzar una rueda de entrevistas.

  Empujó la puerta hasta que esta quedó completamente abierta. Sobre la mesa de su escritorio, un café humeante. Después de todo, el mensaje había sido sutil, enmascarado en una falsa cortesía, que nadie sentía, en realidad, hacia él.

  Cerró tras de sí. No se molestó en utilizar la llave. Miró su reloj. Todavía quedaba una hora hasta que empezaran las entrevistas. Abrió la ventana, para dejar que el aire fresco barriera aquella habitación, y se sentó en su sillón. Miró al suelo, pero el vaso que había empleado a modo de cenicero había desaparecido. ¿Aquella visita había incluido servicio de limpieza? Si era así no lo parecía en absoluto.

  Adam se llevó aquel humeante café a los labios, tranquilamente, mientras, con una sonrisa, se le ocurría que inesperadamente, había hallado un nuevo cenicero.

  Se asomó a la ventana y vio llegar un coche. Su mente trataba de averiguar qué modelo sería, pero nunca había sido un experto en esto. Tan sólo su mítico Ford Fairline, aunque deteriorado, ganaba su corazón. Un hombre bajó del coche. ¿Quién era? Adam aguzó la vista tratando de reconocerle, y justo en el momento en que fue descubierto por él lo supo. Se retiró precipitadamente pues el contacto de su vista le había herido. Era Aldric Thomason. Esta era una de esas cosas por las que maldecía su carácter, tímido y débil, de joven de aldea. Ahora Aldric estaría riendo por dentro, adivinando que su sola presencia, imponía en él, lo suficiente como para hacerle retroceder espantado.

  Acabó su café de un trago, y dejando la taza sobre la mesa, lió un cigarro. Lo hacía rápido, sin detenerse a observar, si quiera, si le había salido recto y uniforme. La mayor parte de las veces, les daba las formas más inverosímiles, pero al fin y al cabo, el destino para el que había sido creado, finalizaría en ocho minutos. ¿A qué esforzarse más?

  Una primera calada le relajó lo suficiente como para reírse de Aldric, y en cierto modo lo hizo, pues sus labios dibujaron una sonrisa, debido al acto de liberación y rebeldía que estaba a punto de emprender.

  Tras la última calada, arrojó la colilla al fondo de la taza, donde el pequeño fondo de café que había dejado, lo apagó súbitamente, con el leve siseo que tanto gustaba de escuchar.

  Abrió el primer cajón y extrajo los informes para repasarlos. En realidad, poco más había que discernir entre aquellas escuetas líneas, escritas con la pereza de la administración, y archivadas con la desidia del abandono.

  Repasó mentalmente aquellas medicinas cuyos efectos mejor conocía. Cuando llegara el momento de recetar fármacos, no debía dudar, aunque fuera la primera vez, pues si lo hiciera ante alguien, ese pequeño titubeo, podía ganarle el vilipendio, en lugar del respeto que tanto ansiaba, por parte de sus compañeros.

  Alguien llamó a la puerta. Adam escondió el nuevo cenicero en el lugar del antiguo, y rápidamente se incorporó. La puerta se entornó y Clementine Silverstone  asomó la cabeza.

  –¿Ha terminado su café, doctor Smith? –interrogó en un tono que quería parecer amistoso, aunque en realidad, pareció haberse percatado del aroma del cigarro, que ahora impregnaba el ambiente, y no pudo disimular el disgusto de su rostro.

  –Si, gracias –contestó Adam, incómodo. ¿Venía a pedirle la taza? Después de todo, su travesura podía colocarle en un compromiso. –¿Ha preparado las entrevistas, enfermera Silverstone? –contraatacó, sintiéndose audaz.

  –No… eh, si… –titubeaba ella.– Doctor Smith –ahora sonreía buscando su complicidad.– ¿Qué necesidad tiene de adelantarse tanto? Dentro de dos semanas comienzan los reconocimientos médicos mensuales. Entonces podrá entrevistarlos cuanto quiera. Entretanto, tendrá cada mañana y cada tarde su café, además de todo lo que pueda conseguir para usted. Entiendo que puede llegar a aburrirse, pero este trabajo es así. Debe templar sus nervios y acostumbrarse a la laxitud que se respira entre estas paredes. ¿Quiere que le consiga un libro o una revista? –como intuyendo que Adam fuera a protestar, añadió.– Debe entender que fue contratado como doctor de relevo. Su única función aquí, además de los reconocimientos mensuales, es atender las emergencias médicas. ¿Para qué alterar el orden de las cosas? ¿Para qué romper una rutina en sus pacientes, que sin duda, les trastornará, y les hará concebir la idea de abusar de su buena voluntad?

  –¡Clementine! –consiguió, por fin, interrumpirla.– ¿Ha sedado a mis pacientes, a pesar de la orden que le di?

  –¡Doctor Smith, cómo se atreve! Jamás contravendría una orden directa de mi superior. Pero ha de saber que se equivocó usted con esa disposición. Pensará que me he entrometido, pero debo decirle, que le digo esto por voluntad de otras autoridades, superiores a mí y también a usted.

  «El arraigo es lo único que esos …, que esos dementes, comprenden. Si usted les arranca las costumbres que han sido asentadas durante tanto tiempo, podría desequilibrarles, hasta el punto de que alguien podría resultar herido.


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