Frivolidad, Cuarta parte. La casa de los locos 08

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Adam se echó, derrotado, en su sillón. Lió con pereza un cigarro, lo encendió y apuró una gran bocanada.

Alguien llamó a la puerta. Tras ella apareció Clementine, que se sentó en la mesa conciliadoramente.

–Pobre Adam –dijo– en territorio hostil, entre dos carrozas y una enfermera que a veces puede resultar un poco antipática. Todos tenemos nuestros problemas, ¿sabe?, este no es un lugar perfecto para nadie, ¿cree que me gusta el olor y el trato con los locos? Sin embargo, si usted es bueno podemos llegar a ser amigos, ya verá –y con una sonrisa y señalando su cigarrillo añadió– y hasta le dejaré fumar en su consulta –y antes de abandonar graciosamente el despacho– ahora hago pasar al próximo paciente.

Adam, perplejo, no tenía tiempo de valorar los últimos acontecimientos. Una promesa de amistad en aquel era seductora, incluso reconoció cierto sentimiento cercano al amor que creaba un ascendente entre aquellos y él, como el reo que es perdonado y ve en su verdugo a su salvador. Se confrontaban en ese momento de forma tan violenta la aversión que le producía aquel lugar y aquellas personas, con aquel giro de los acontecimientos, que sentía el impulso de replantearlo todo, aunque reconocía que aún era pronto para hacerlo.

–Howard Thomson –Clementine le guiñó un ojo y desapareció tras la puerta, dejando a un hombre abandonado, con la mirada perdida y esquiva. El contacto con la mirada de Adam parecía herirle.

–Tome asiento –dijo Adam mientras recuperaba su ficha– ¡Dios! –exclamó– usted es el picapedrero –añadió con una sonrisa tratando con aquella frivolidad de gobernarse a sí mismo.

Howard se sentó, visiblemente turbado.

–¿Qué tiene que decir? –interrogó Adam, a lo que siguió un silencio en el que Howard esquivaba su mirada cada vez que la encontraba y la dirigía con evidente nerviosismo a otro lado de la habitación mientras sus dedos jugueteaban entrelazados sobre la mesa. –¿Sabe por qué está aquí? –A lo que no siguió ninguna respuesta.

Unos golpes a la puerta y de nuevo entró Clementine con un café humeante en una mano y un cenicero en la otra.

–No se prive doctor –dijo, y abandonó el despacho contoneando el trasero con gracia.

No podía sentirse más feliz. Contemplaba al desdichado mientras liaba un cigarrillo y después mientras lo encendía y mientras tomaba el café. Una súbita alegría le impregnaba y reconoció cierto placer en la mortificación de su paciente, como quien ha sufrido antes el mismo trato, pero ha sido aceptado en el club de la élite.

–Usted ya me ha dicho suficiente –dijo mientras garrapateaba una nota al margen, en su ficha “parálisis mental” – ¿desea añadir algo mas? –dijo esbozando una sonrisa –¡Clementine!

Más tarde, Thomas Heller tomo asiento frente a él. Escrutó el rostro de Adam y finalmente se hundió satisfecho en su asiento.

–¿Sabe por qué está aquí? –interrogó Adam.

–Naturalmente.

–Intento de asesinato.

–Se equivoca, por intento de asesinato hace tiempo que estaría en la calle.

–¿Entonces?

–¿No lo adivina? Locura absoluta –sonrió afablemente.

–Intentó usted asesinar a un diputado, pero con una navaja ridículamente pequeña, al parecer…

–¿Qué quiere? Usé lo que tenía a mano.

–Entonces, ¿admite el intento de asesinato?

–Claro, usted hubiera hecho lo mismo.

–Se equivoca.

–En ese caso es usted un cobarde –sentenció Thomas.

–¿Por qué intentó asesinarlo? Tal y como lo describe parece un impulso precipitado –intentó ahondar Adam.

–Porque le vi dando su discurso al muy canalla y entonces supe quién era a través de un detalle imperceptible que nadie más observó.

–No entiendo, ¿quién era?, ¿cuál era ese detalle?

–Eso no viene a cuento, ¿no cree? Lo único que importa es que sigue con vida, que yo fallé y que es un peligro para la sociedad.

–No, Thomas, no, hace más de veinte años de eso, ahora debe ser un anciano y apuesto a que ha abandonado la política.

Tras esto, Thomas pareció sumergirse en una melancolía contemplativa –veinte años, ¿y qué hago yo aquí? –unas lágrimas asomaron a sus ojos, contempló sus manos arrugadas, parecía verlas por primera vez– Dios.

–¿Quiere que se lo explique otra vez? –se estaba comportando como un cretino, lo sabía, pero hacía mucho que la realidad le había superado. Adam nunca supo manejar el estrés. A menudo cometía actos de los que después se arrepentía. Cuando se sentía acorralado, como se sentía aquellos días parecía activarse un piloto automático. Sencillamente era más fácil así.

Thomas permaneció en silencio, sollozando en silencio. Había abandonado aquella aparente seguridad en sí mismo para derrumbarse. Adam sintió una punzada de arrepentimiento. No era para aquello para lo que había estudiado, no había desafiado a Aldric y a Robert para aquello. ¿Sería el lugar? Miró al techo, algo mareado, creía sentir el influjo maléfico de aquel edificio sobre él, como si nada de aquello fuera real, como una pesadilla, como una alucinación.

–Si lo tuviera ahora delante, ¿le pediría perdón? –trató de ayudarle con ello a redimirse, a llevar un poco de paz a su corazón, dado que él a su vez se sentía necesitado de la paz interior que ahora ofrecía.

–Ni hablar, usaría un cuchillo más grande.

–¡Loco recalcitrante! –Saltó Adam fuera de sus casillas. ¿Qué os pasa a todos, maldito?

–¿Estamos locos? –respondió Thomas– ¿o el loco es usted?

–Oh, no, no empiece con esto –respondió Adam visiblemente enfadado.

Apareció Clementine alertada por los gritos de Adam y se llevó al paciente, tras lo cual volvió a aparecer con el siguiente.

–¿Señor Tommy Hillmore? Tome asiento, por favor –inquirió Adam, agotado– su caso es quizá el más interesante. Al menos es el único que está aquí sin haber hecho nada para merecerlo. ¿Qué puede decir al respecto?

–Sentía miedo, señor –respondió con una voz queda, cabizbajo.

–Pero hombre, ¿miedo de qué?

–De lo que hay fuera.

–¿Puede concretar un poco más?

–De todo, de todo lo que hay fuera.

Adam se levantó y se acercó a la ventana. –¿Haga el favor de acercarse, señor Hillmore, –a lo que este obedeció– Mire por la ventana, ¿qué teme?

–Nada, señor, es todo normal.

–¿Quiere decir que sus miedos ya no existen en la actualidad? ¿No intentará suicidarse?

–Nada de eso señor, todo ahí fuera parece normal, el prado, la carretera, incluso aquel cementerio de allí, pero el cielo, el cielo…

–¿Qué le ocurre al cielo?

–Es una pantomima, mírelo, qué azul qué hermoso, pero tras esa belleza no sospecha su negrura, su profundidad insondable, infinita y los secretos que encierra, pues si así fuera, sentiría inquietud como yo, al mirar el cielo azul y el más vivo terror al contemplar el cielo nocturno, ese que se ha quitado la máscara y nos muestra los peligros a los que estamos expuestos.

–Si, somos una mota de polvo en el cosmos, eso dicen, pero ¿qué teme usted?, ¿la insignificancia de nuestra especie?, ¿la enormidad?, ¿el infinito?

–No señor, al menos no en parte.

–Explíquese.

–Dese cuenta que nuestro planeta es un faro en el cosmos. Enviamos señales de radio incesantemente, advertimos de nuestra presencia, de nuestra existencia, con extrema torpeza y todo ello para ser localizados y aniquilados –Tommy Hillmore retrocedió un paso tras otro mientras hablaba hasta tropezar con la silla de tijera, en la que se apoyo, visiblemente pálido.

–¿Localizados por quién? –Adam volvió la espalda a la ventana, se acercó a Tommy y sostuvo su mano, ante el temor de que se de pronto se desvaneciera.

–Por ellos, por los hombres del espacio.


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