Mi nombre es Edward Anderson.

No soy bueno, lo reconozco, pero ¡quién lo es hoy en día! Sí, he asesinado a varias personas, pero eso no me convierte en un asesino; afirmar eso con la simpleza de sus argumentos le convierte en una persona realmente simple.

No, no soy un asesino; los maté porque alguien tenía que hacerlo y yo estaba allí. Le advierto que en todas las ocasiones me entregué y fui puesto en libertad una vez tras otra puesto que las personas a quienes asesiné no estaban muertas ni habían existido jamás. ¿No le dice a usted eso algo? Serví a la causa mientras pude, ¿lo hará usted?

Orígenes desconocidos.

  En Septiembre de 1.937, es detenido, tras presentarse en comisaría, y declararse culpable, de los delitos de violación y asesinato, de la joven Laura Índigo. Delito que, según la investigación policial, jamás fue cometido, no hallando, si quiera, indicios de que existiera, la tal Laura Índigo. Tras dos semanas de arresto, es puesto en libertad.

  Al mes siguiente, en Octubre, fue detenido, en la comisaría de otro distrito, tras declararse culpable del delito de asesinato, de un transeúnte anónimo. Se comprobó que esta vez sí que había cadáver, y su descripción coincidía con la que el detenido proporcionó. Pero, finalmente, es detenido otro hombre, por el mismo crimen, señalado por numerosos testigos.

  Aún quedando, inquietantes puntos por esclarecer, como, si fue Edward Anderson, un testigo más, si de alguna manera colaboró, facilitó o instigó el crimen, es puesto en libertad, pues no hay testigos que le relacionen con el lugar del crimen, ni prueba alguna que le incrimine.

  Dos meses después, es detenido por una patrulla de policía, que le descubre, tratando de apuñalar a Ingrid Benson, mujer de cincuenta y cuatro años, que es sorprendida y atacada por el reo, a las diez y veintiuno de la noche.

  Tras un examen psiquiátrico, el estado se hace cargo de él.

“Oh, se equivoca usted. Asesiné a aquellos monstruos y me entregué pues ante todo soy buen ciudadano”

Edward jadeaba como un animal a cada embestida. De su boca semiabierta caían hilos de baba, sin el menor esfuerzo por contenerla, sobre el rostro de ella. Como un demente de ojos desquiciados la miraba mientras la penetraba con dureza una y otra vez y decía: “Yo soy el taladro vengador, oh, puta de Babilonia”. Pero la expresión de su rostro, de perversión podrida fue transformándose hasta otra que mostraba el más vivo terror. Sus manos se crisparon sobre la hierba del parque, arañando la tierra. Era la expresión de ella la que había transformado la suya, pues lejos de estar asustada, pasó de la completa calma a la ira más profunda. Pero fueron sus palabras las que le trastornarían profundamente para siempre.

–¡Maldito imbécil!, he recorrido distancias que tu atrofiada mente no sería capaz siquiera de imaginar, la importancia de mi misión aquí supera la de tu vida y la de todos tus antepasados juntos, y ahora, metido en este cuerpo de mujer estoy indefenso ante ti. Te estrangularía con mis tentáculos; te inmovilizaría con mi veneno para hacerte sufrir el tormento durante días antes de arrancarte la cabeza de forma brutal, te…

Pero no pudo terminar su frase. Edward aplastaba su cabeza una y otra vez con una gran piedra. La alzaba con ambas manos todo lo alto que podía, con sus rodillas rodeando la cintura de ella y la piedra recortándose contra la hermosa luna llena, para bajarla después con una fuerza devastadora y levantarla de nuevo, esta vez llena de sangre.

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