Decadencia, Tercera parte. La casa de los locos 03

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  Comprobó, cómo, el informe más extenso, se limitaba a unas cuantas líneas, y se preguntó cuánto tiempo llevarían aquellas hojas, amarilleándose, sin que nadie aportara nada nuevo acerca de los pacientes. ¿Acaso, su evolución se cifraba en el cero absoluto, desde que fueran internados en el centro?

  Extrajo el primero y comenzó a leerlo.

Albert Blake

 

  Nacido en 1.909, en Convington Park. De padre, Thomas Blake Jr. Y madre, Anne Marie, Blake.

  Licenciado en antropología, por la universidad de Tampa, en 1.936.

  Fue hallado, buscando entre la basura, en las afueras de Tampa, en Abril de 1.937, y detenido por las autoridades locales.

  Fue detenido de nuevo, dos meses después, tras haberse atado, fuertemente, las piernas a la vía del ferrocarril. Asimismo, llevaba, atado al pecho, un cartel en el que se leía “Huid de los hombres del espacio.”

  Tras ser avisada su familia, acceden a custodiarlo en su propia casa. Su padre, el señor Thomas Blake, se muestra excitado y renuente, ante la posibilidad de su internamiento.

  En Diciembre del mismo año, vuelve a ser detenido, tras una denuncia de sus vecinos. Había asesinado, con un cuchillo de cocina, a su familia. Cuando se le halló, se frustró su intento de suicidio. Trataba de cortarse la cabeza con el mismo cuchillo.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

  Adam reprimió un escalofrío. Aquello superaba el poder de su imaginación. Pero le llamó poderosamente la atención, el hecho de que, según el documento, no había sido actualizado desde hacía veintidós años, y en ese tiempo, no se había añadido, si quiera un diagnóstico, ni una medicación a seguir.

  Continuó leyendo, espantado, ante lo que había leído ya, y lo que podía esperar en adelante.

 

Andrew Gordon

 

  Orígenes desconocidos.

  Se sabe que frecuentaba prostíbulos, y en general, todo tipo de locales de mala reputación, en el barrio chino. Fue hallado, en estado de embriaguez y excitación, huyendo por las calles, de su propia imaginación trastornada. Aseguraba que eran los sabuesos del caos, los que le perseguían para devorarle. Fue detenido por este motivo, en Octubre de 1.938, hasta que su estado de embriaguez, por alcohol, y probablemente, alguna droga, desapareció.

  Un año después, en Mayo de 1.939, saltó al vacío, desde una tercera planta, y aterrizó sobre un transeúnte, que resultó muerto en el acto.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

Edward Anderson

 

  Orígenes desconocidos.

  En Septiembre de 1.937, es detenido, tras presentarse en comisaría, y declararse culpable, de los delitos de violación y asesinato, de la joven Laura Índigo. Delito que, según la investigación policial, jamás fue cometido, no hallando, si quiera, indicios de que existiera, la tal Laura Índigo. Tras dos semanas de arresto, es puesto en libertad.

  Al mes siguiente, en Octubre, fue detenido, en la comisaría de otro distrito, tras declararse culpable del delito de asesinato, de un transeúnte anónimo. Se comprobó que esta vez sí que había cadáver, y su descripción coincidía con la que el detenido proporcionó. Pero, finalmente, es detenido otro hombre, por el mismo crimen, señalado por numerosos testigos.

  Aún quedando, inquietantes puntos por esclarecer, como, si fue Edward Anderson, un testigo más, si de alguna manera colaboró, facilitó o instigó el crimen, es puesto en libertad, pues no hay testigos que le relacionen con el lugar del crimen, ni prueba alguna que le incrimine.

  Dos meses después, es detenido por una patrulla de policía, que le descubre, tratando de apuñalar a Ingrid Benson, mujer de cincuenta y cuatro años, que es sorprendida y atacada por el reo, a las diez y veintiuno de la noche.

  Tras un examen psiquiátrico, el estado se hace cargo de él.

Howard Thomson

 

  Orígenes desconocidos.

  Es detenido en Junio de 1.940, gracias a la denuncia de un vecino.

  Es hallado a las dos y cuarenta y tres minutos, por los agentes de servicio, en su domicilio.

  Había derribado todos los tabiques de la casa, produciéndose, en el piso superior, inquietantes grietas, que alarmaron en extremo, a sus propietarios, que habían estado escuchando el ruido de las obras, desde el día anterior, sin descanso.

  Tras derribar todos los tabiques interiores, fue sorprendido, arrojando cascotes por la ventana. Sus vecinos habían salido a la calle, alarmados, ante lo que creían, un posible derrumbamiento.

  A estos cascotes, siguió la propia ventana, y después, narran cómo, el propio Howard Thomson, comenzó a golpear la fachada, desde dentro, arruinando la edificación y arrancando ladrillos que caían sobre la acera.

  En el momento de su detención, Howard Thomson gritaba incoherencias. Los agentes comprobaron, con horror, que, de alguna manera, había conseguido cortar dos de los pilares que sostenían el edificio, que tuvo que ser evacuado urgentemente, tras su detención.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

Thomas Heller

 

  Orígenes desconocidos.

  En Noviembre de 1.939, salta sobre el diputado, Philip Anderson, armado con un cuchillo, y trata de asesinarle, con poca pericia. Consigue sin embargo, lesionarle mediante una herida superficial, en el pecho.

  Cuando es detenido, acusa a Philip Anderson, de haber venido del espacio exterior.

  Su estado de excitación llega hasta tal extremo, al ver perdida, la posibilidad de asesinar al diputado, que los agentes, se preocupan seriamente por el estado de su salud, y tan sólo puede ser aplacado, su violento frenesí, tras la ingesta forzada de tranquilizantes.

  Se le considera un sujeto especialmente peligroso, por lo incontrolable de sus emociones, y en todo momento, reconoce que si se le da la oportunidad, terminará con éxito la labor que empezó.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

Tommy Hillmore

 

  Nacido en Tampa, en 1.916

  Se graduó en periodismo, en la universidad de Tampa, en 1.934.

  Es ingresado por sus familiares, que temen por su salud. El enfermo vive en un estado de excitación permanente, que le lleva hasta el paroxismo y hace peligrar su vida, cuando algo le excita especialmente.

  El tribunal psiquiátrico recomienda una disciplina dura para este paciente, ya que, de no controlar esos ataques de histeria, acabará muriendo en cualquier momento.

William Goldsmith

 

  Orígenes desconocidos.

  Fue detenido en Enero de 1.938, en relación al múltiple asesinato del parque Wellington.

  En este caso, fue asesinada una pareja de novios. Verónica Anderson y Arnold Wisechase.

  El asesino disparó repetidas veces sobre ellos, y cuando iba a marcharse, descubrió a William Goldmith. Disparó sobre él su arma, pero ya sin munición, emprendió la fuga por las calles de Tampa.

  Fue perseguido por William Goldsmith durante veinte minutos, hasta que, finalmente le capturó en la calle Faulkner.

  Dos testigos, desde sus viviendas, vieron al reo, golpear al criminal hasta la inconsciencia. Después le vieron desaparecer y llamaron a la policía, pero William Goldsmith volvió con un objeto afilado, y tras desnudar completamente al asesino, practicó un profundo corte, desde el pecho hasta la ingle, tras lo cual, comenzó a extraer sus órganos vitales al infeliz, mientras este despertaba, y gritaba angustiado.

  Cuando la policía le atrapó finalmente, no opuso resistencia alguna, alegando que él era la justicia.

  El estado se hace cargo de él a partir de ese momento.

  Adam dejó caer la última hoja. No se le ocurrió que todos sus pacientes tuvieran un historial tan dramático.

  Había liado un cigarro. Se dirigió a la ventana y lo encendió, con la mirada dirigida al cielo. –¿Cómo has permitido que la humanidad degenere tanto? –murmuró dolidamente.

    Su mente estaba hecha un lío. Debía tratar de extraer, lo verdaderamente importante, de aquellos informes.

  Para empezar, pensó, le llamó poderosamente la atención, el hecho de que los informes fueran tan escuetos. Todos ellos llevaban ingresados, durante más de veinte años, y sin embargo, los informes, eran todos, previos a su ingreso en la institución. Preguntaría a Clementine acerca de este hecho, pues probablemente, se hubiera equivocado, entregando los informes que no eran, o sólo parte de los mismos.

  También llamaba su atención, el hecho de que, los orígenes de casi todos ellos fueran desconocidos, como si no se hubieran investigado lo suficiente; como si no importaran a nadie.

  Por otro lado, los únicos enfermos, cuya procedencia era conocida, habían estudiado una carrera, por lo que, intelectualmente, deberían formar parte de la élite de la sociedad, y no de sus despojos.

  Se hundió en su sillón y quedó sumido en graves reflexiones, pero pronto, su atención volvió a fijarse en la fría austeridad que le rodeaba, y volvió a sentirse desesperado. ¿Se acostumbraría alguna vez, a aquel hedor? ¿No le ocurriría como a los guardianes de los cadáveres, los vigilantes de la morgue, que tras un largo periodo en aquel abominable lugar, sufren de halitosis, e incluso la ropa acaba oliendo a aquello que tanto detestan, como si la miseria de su trabajo les persiguiera allá donde fueran? ¿Olerían sus propias ropas, a los fluidos humanos más nauseabundos, para provocarle la angustia y la desesperación allá donde fuera? ¿Se impregnaría finalmente, aquel hedor, a su piel?

  Adam se levantó de un salto, incapaz de permanecer inmóvil por más tiempo. Se dirigió al baño, en busca de cualquier cosa que pudiera emplear como cenicero. Estiró el cuello de su camisa. De pronto, el aire que entraba por la ventana abierta, no era suficiente. Se volvió a mirar el cielo y trató de calmarse.

  Cuando sufría un ataque de ansiedad, todo el aire era poco para él. Se apoyó en el marco de la puerta. Debía tranquilizarse. Después de todo, no podía ser, aquel lugar, tan detestable.

  Entreabrió la puerta del baño y asomó la cabeza. De pronto, su mirada se iluminó. Había un vaso sobre la pila. Antes le había pasado por alto. Se acercó y abrió el grifo. La cañería rugió, y un agua cobriza, e insalubre, llenó el vaso hasta la mitad.

  Volvió, tras cerrar la puerta, a hundirse en su sillón, y así fumó un cigarro tras otro, como tratando que aquellas paredes se impregnaran de su propio olor.

  Alguien golpeó la puerta desde fuera. Había perdido la noción del tiempo. Se volvió sobresaltado y bajó el vaso al suelo, donde no pudiera ser visto.

  La puerta se abrió y apareció el joven y delicado rostro de Clementine, cuando él aún se estaba incorporando.

  –Doctor Smith, es la hora de comer ­–dijo arrojando la llave del despacho, sobre la mesa. Su mirada había recorrido toda la estancia, asombrada, entre la nube de humo que no acababa de fluir a través de la ventana. Ahora se fijó en él, y había en ella un brillo muy especial, muy sutil, y al mismo tiempo, demasiado familiar y demasiado peculiar. Inconfundible. Era desdén.– Sígame, conocerá al Doctor Aldric Thomason.

  –Estupendo ­–acertó a contestar atropelladamente, Adam, extrañamente avergonzado, ante su mirada, cargada de fría superioridad. –Estoy deseando conocerle –titubeó.– debe ser un psiquiatra extraordinario, si ha trabajado con sus pacientes y con los míos, durante tanto tiempo.

  Pero ella no le había escuchado. ¿O quizá sí? Le había dado la espalda y había comenzado a bajar la gran escalera.

  Adam, desconcertado, se levanto, dejando caer, torpemente, la silla hacia atrás. Se inclinó para recogerla y suspiró. Ya lo haría después. Se lanzó sobre la puerta y corrió tras los pasos de Clementine. ¿Por qué siempre terminaba avergonzándose de sus propias palabras, de sus propios actos? Sin duda, Clementine le había tomado por un cretino. ¿Pero qué cabía esperar? ¿A qué adular a alguien, elogiando a otra persona que no se conoce? Además, ¿acaso sabía él, si su plaza había estado vacante, tres meses, o dos días? Pero esa mirada le había alterado hasta el extremo de perder su, ya de por sí, escaso, aplomo.


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