Decadencia, Cuarta parte. La casa de los locos 04

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  Entraron en una pequeña sala, con una mesa y algunas sillas alrededor. En ella reconoció inmediatamente al señor Robert Blackwood. Junto a él, un solo hombre. Debía ser el doctor Aldric Thomason. Al otro lado de la mesa, otra enfermera, junto a la que se sentó Clementine.

  Aldric se levantó inmediatamente y estrechó la mano de Adam, presentándose. Robert inclinó levemente la cabeza.

  –¿Y los demás? –en el mismo momento de formular aquella pregunta, Adam ya se había arrepentido.

  Aldric le miró divertido.

  –¿Se refiere a los locos? –rió, divertido. Cada uno come en su celda. No se juntan más que a la hora del patio, y eso si se portan bien.

  ¿Pero qué les ocurría a todos ellos? ¿Por qué nadie entendía el significado de sus palabras?

  Adam tomó aire, pero lo dejó escapar, en un suspiro, derrotado. Sería inútil tratar de hacerse entender. Cualquier cosa que dijera sería mal entendida, casi con toda seguridad. Se hundió en su asiento, esperando, quizá, que la mesa fuera llenándose poco a poco.

  –¿Pero qué está haciendo? –le dijo Aldric.– Todavía no le he presentado a mi enfermera, la señorita Anne Marie Chrash.

  Adam alzó la vista, y esta se topó con la divertida mirada de la joven enfermera, que se había colocado junto a él.

  –Oh, ¡cuánto lo siento! –se disculpó arrobado, incorporándose de nuevo y tendiendo su mano.

  –No se preocupe, doctor Smith. El primer día aquí impresiona –dijo ella amablemente, con una dulce sonrisa en su rostro.

  –No se deje impresionar, doctor –añadió Aldric, tomando asiento.– El lugar es austero, y la comida también. Pero el trabajo es sencillo. Limítese a seguir mis consejos y verá cómo, nada malo le ocurre aquí.

  Adam volvió a sentarse, contemplando el filete de carne que tenía ante sí.

  –Debe limitarse a reconocer a sus pacientes, de vez en cuando. Su enfermera ya se encarga de administrarles su medicación –Aldric hablaba en tono jovial, afectado. Los gestos de sus manos enfatizaban con sus palabras, en una promesa de total despreocupación acerca de sus labores fundamentales.

  ¿Era aquello, una prueba? El señor, Robert Blackwood, le observaba detenidamente, con una leve sombra de preocupación en la mirada. Le estaba estudiando. Se preguntaba si Adam estaría verdaderamente capacitado para llevar a cabo su trabajo.

  No contestó. Se limitó a cortar su filete de carne, en pequeños trozos, de forma maquinal.

  –En cuanto a la disciplina –continuaba Aldric, aparentemente ajeno a la incomodidad de Adam.­– Eso déjelo de mi cuenta. Si un loco le molesta, le insulta o trata de agredirle, no tiene más que pronunciar mi nombre. Esto funcionará como el mejor de los tranquilizantes. Después, yo tomaré medidas disciplinarias.

  Es muy probable, que hasta que le conozcan, traten de tomarle el pelo. Es lo más natural. Intentarán obtener de usted, todo cuanto quieran, y lo conseguirán si no se anda usted con cuidado.

  –¿Se acuerda del pobre Arthur? –añadió, volviéndose hacia Robert, que ahora asentía complacido.– El muy infeliz, no duró aquí dentro, ni una semana –al descubrir que había captado por entero, la atención de Adam, continuó su historia, explayándose en cada detalle, enfatizando cada frase, con los gestos de su cuerpo.– Pensó que había venido a un jardín de infancia, pero usted ya ha visto de qué son capaces esos locos –Adam buscó con la mirada a Clementine, pero incorporándose de forma impetuosa, Aldric, continuó su discurso. –Escúcheme, doctor Smith. Ese pobre diablo, se fue y nunca más volvimos a verle. Los locos consiguieron desquiciarle, al notar su debilidad, al adivinar su sensibilidad.

  Aldric volvió a sentarse. Adam, tras sobreponerse a cuanto acababa de presenciar, continuó cortando su carne, en pedazos, más y más pequeños, cada vez.

  –El señor Blackwood me ha contado que viene usted repleto de ideas novedosas que está deseando poner en práctica –continuó Aldric.– No sé que extrañas ideas serán esas, pero aprenda esto para siempre. En la casa de los locos, tratamos a nuestros pacientes como siempre se ha hecho. Como debe hacerse.

  Aldric, comenzó a engullir su filete, cortándolo en grandes pedazos.

  –Doctor Thomason, creo que ha intimidado usted a su nuevo compañero –decía ahora Robert Blackwood, en tono conciliador. Había terminado su comida, y ahora, con las manos cruzadas sobre la mesa, parecía esperar la respuesta de Adam.

  Adam trataba de sobreponerse. Jamás hubiera imaginado que su comienzo en el mundo de la psiquiatría, sería tan humillante.

  Lanzó una mirada fugaz hacia ellos. Robert Blackwood, quien parecía sonreír, sutilmente, tras su poblado bigote, observaba cada cambio que se operara en su rostro. Aldric Thomason se encogía de hombros, restando importancia a lo ocurrido.

  –Es mejor prevenirle –se limitó a contestar.

  –No le guarde rencor, doctor Smith –habló ahora Robert Blackwood, con un tono de voz dulce y conciliador.– Tiene razón. Esto era necesario para prevenirle, ¿comprende?

  «Entiendo que acaba usted de terminar su carrera y se siente imbuido de buenas intenciones, créame. Yo a su edad quería cambiar el mundo, pero la experiencia me enseñó que, aunque cruel, el mundo es así porque así debe ser. Entiendo que se rebele ante estas nuevas ideas, que invitan al hombre a bajar los puños, a abandonar la lucha y a tomar las cosas como se le ofrecen. Entiendo también que durante su carrera, sus profesores le animaran con esas ideas de progreso, esos anhelos de hacer del mundo, un lugar mejor, esas quimeras que más adelante le parecerán un insulto al buen sentido.

  «¿Sabe usted por qué llamamos a este lugar, la casa de los locos, doctor Smith? ¿No lo sospecha? Cuando un loco ingresa en este lugar, jamás regresa al mundo. Permanece aquí hasta que muere. ¿Le parece cruel? Diga, ¿le parece cruel? –como viera que Adam no respondería, continuó.– ¿Cree que disfruto mirando cada día, los rostros perturbados de esos malditos locos? ¿Cree que no sería más feliz fuera de este lugar? Y sin embargo, ¿Quién vela por esos sucios miserables, más que yo? ¿Se sorprende que hable de este modo, doctor Smith? ¿Dónde los enviaría usted, si pudiera sacarlos de este lugar? ¿A casa, con sus familiares? Allí no les espera ningún hogar, pues no son bien recibidos. ¿Qué haría entonces, en el improbable caso de que pudiéramos garantizar el buen comportamiento, en adelante, de alguno de ellos, entre la sociedad?

  «No le dé más vueltas, doctor. Este es su único hogar, su última morada. Es la casa de los locos. No hay tratamiento capaz de sanar una mente arruinada, pero aunque lo hubiera, su trabajo se limitaría a permitir que su enfermera continúe administrando los sedantes, porque todos los locos que vienen aquí, representan el grado máximo de degradación humana, la perversión más abominable de la mente, la amenaza más terrible para la sociedad. Con el tiempo, dejará de llamarlos pacientes, y los llamará locos, como lo hacemos nosotros, porque entenderá que no son pacientes, pues no pueden, ni desean sanar.

  «Como decía el doctor Thomason, su trabajo aquí consiste en reconocerlos de tarde en tarde, verificar si necesitan una dosis mayor o menor de sedante, y procurar que no se nos muera ninguno, de una fiebre. Entretanto, traiga libros de su casa, el periódico, una radio, o si lo prefiere, traiga una baraja de cartas. Aprenderá a apreciar la libertad de que va a disfrutar en este lugar.

  Adam alzó la vista. Todos le observaban, esperando su reacción.

  Su mente rebullía con mil ideas. Se le ocurrió que, en adelante, sus acciones determinarían si sería respetado, o por el contrario, terminaría sedado, como los infelices que esperaban, paciente, solitariamente, en una celda desprovista de todo calor humano, de todo consuelo, con aquel hedor siempre presente, como único y familiar compañero.

  Engulló rápidamente los minúsculos pedazos a los que se había reducido su filete de carne y se incorporó.

  –Muchas gracias, señores, por su explicación –tanta hostilidad, había abierto la puerta al coraje. Por vez primera, desde que entrara en aquel lugar, se sintió con el aplomo necesario para enfrentar cualquier situación. Si en el futuro no le quisieran allí, nada le agradaría más que ser trasladado, y por otra parte, no podía quitarse de la cabeza, que todo aquello era un montaje, una prueba, pues todos mostraban afectación, hasta el punto de crear un decorado, en extremo irreal.– Ahora debo irme. Me espera mucho trabajo.

  Sin esperar a ver la reacción que aquella frase había causado en los rostros de sus compañeros, abandonó la sala a toda prisa y se dirigió a su despacho.

  Tras cerrar la puerta, se hundió en el sillón, todavía hambriento, y volvió a revisar los informes. Los casos de Albert Blake, Andrew Gordon, Edward Anderson, Howard Thomson, Thomas Heller, Tommy Hillmore y William Goldsmith, desfilaron nuevamente ante sus ojos.

  ¿De verdad no habría cura para ellos? Al menos, ¿qué necesidad había de mantenerlos sedados todo el tiempo?

  En el pasillo, escuchó unos pasos que se acercaban a su despacho, y luego continuaron su camino. Debía tratarse del doctor Thomason.

  Adam cogió el bolígrafo, salió del despacho, descendió la escalera y se dirigió a grandes zancadas a la habitación que le había indicado Clementine Silverstone. Llamó a la puerta y la abrió enérgicamente.

  Dentro, una camilla, dos pequeños escritorios, cuatro sillas y un armario, constituían todo el mobiliario. Allí se encontraban Clementine Silverstone y Anne Marie Chrash. Habían estado conversando animadamente hasta su interrupción.

  Anne Marie, dedicó una nueva sonrisa a Adam, pero este, ningún caso hizo. Prescindiendo de toda cordialidad, y sin dar lugar a la pregunta que sin duda, empezaba a formularse en la mente de Clementine, avanzó hasta su escritorio.

  –Necesito papel en el que escribir –espetó, y a esta frase, acompañó un gesto de impaciencia, cuando ella, sin modificar su postura, hizo un intento de hablar.

  Finalmente se incorporó y extrajo del armario un montón de hojas, que arrojó sobre la mesa, visiblemente contrariada.

  –Mañana, temprano, voy a entrevistar a mis pacientes –dijo mientras escribía sus nombres en una de las hojas.– Quiero que les haga entrar en mi despacho, en este orden –añadió tendiendo la hoja.

  –Doctor Smith –Pero Adam ya estaba saliendo de nuevo al pasillo. –Ah, –añadió por último.– No quiero que les vuelva a administrar ningún tipo de sedante hasta nueva orden.

  Cerró la puerta tras de sí y subió la escalera, con el montón de hojas bajo el brazo, con la autoridad que le conferían sus estudios y su cargo en la institución mental, seguro de que aquel día, había obtenido una victoria sobre la superchería y las viejas creencias, que hacían, de aquellos lugares olvidados por el hombre, el campo de juegos, el escenario perfecto, para la representación del medio evo, en pleno siglo XX.

  Aquella tarde la ocupó, en el acondicionamiento de su despacho.

  Abrió la silla plegable de madera, no sin esfuerzo, puesto que llevaba cerrada muchos años; guardó los expedientes, las hojas y el bolígrafo en el primer cajón, y fumó un cigarro tras otro, esperando con ello, disimular el hedor que envolvía toda la edificación.

  A media tarde, Clementine Silverstone, había tenido la bondad de subirle un café con leche. Había llamado a la puerta, sacándole de una ensoñación, y había cerrado tras de sí. Después de todo, había motivos para pensar que las cosas funcionarían.

  Pasadas las siete de la tarde, volvió a escuchar los pasos de Aldric Thomason en el pasillo. Esta vez se dirigía hacia la escalera. Al poco, el sonido de coches llegando al aparcamiento. Debía tratarse del turno nocturno. Adam se asomó a tiempo para ver cómo, sus compañeros subían a sus coches y se marchaban de allí.

  Más allá, su viejo Ford Fairline azul, le esperaba.

  Así, satisfecho después de todo, apagó la luz de su despacho, cerró a puerta con llave y descendió la escalera, mientras su imaginación construía múltiples posibilidades acerca del desarrollo de las entrevistas del día siguiente.

  Cuando estaba apunto de alcanzar la puerta principal, un hombre de mirada desabrida, con una hostilidad manifiesta, le cortó el paso.

  No era un doctor; sus dedos gruesos, castigados y aplastados, eran más bien, los de un hombre que ha trabajado la tierra, la construcción o la mina, durante años; sus manos, castigadas, pero robustas y poderosas, hacían temer la enemistad de ese hombre, aún a pesar de su avanzada edad.

  No era un enfermo mental, o al menos ninguno de los reclusos, puesto que su ropa era la de un aldeano común.

  Su rostro era descuidado, arrugado, con una barba incipiente, que no había sido afeitada desde hacía varios días.

  –Yo a usted no le conozco –dijo cortante, casi desafiante, con voz áspera.

  –Soy el doctor Adam Smith –se presentó ofreciendo su mano. Pero aquello no produjo ningún cambio en el anciano, de modo que, llevando la mano a su bolsillo, extrajo la cartera y mostró, inquieto, su documentación y su contrato de trabajo.

  –Soy Willie, el bedel –contestó hoscamente, tras revisar con cierto detenimiento, la documentación que Adam mostraba en su mano.

  Willie retrocedió un paso, abriendo el camino a Adam, que no se sintió libre de su mirada hasta que hubo cerrado la puerta.

  Llenó sus pulmones con el aire limpio del campo. Atrás quedaba aquel lugar, donde el hombre había ocultado su vergüenza y la había confiado después a los psiquiatras, para que su horrible faz, no volviera a ofender su vista, jamás.

  Miró satisfecho, a su alrededor. Ahora formaba parte de algo, por sórdido y opresivo que fuera. Además, había sabido imponer su voluntad a cuanto se le había ordenado, dando a entender que no sería el títere de nadie.

  Quizá fuera por haber abandonado aquel entorno con la promesa de no regresar hasta el día siguiente, y no tanto por el rescate de su honor, que había llevado a cabo, pero en aquel momento, Adam Smith, el doctor en psiquiatría se sintió libre.

  Subió a su Ford Fairline y se dirigió a la ciudad, mientras la noche caía a su alrededor.

  Se sentía seguro de sí mismo. Ya no necesitaba el mapa, ya no le amedrentarían directores de centro ni enfermeras ni doctores. Era el dueño de su propia vida.

  Pisó el acelerador y reclinó la cabeza en el asiento, esbozando una sonrisa satisfecha.

  Cuando regresó a Adamsville, no le pareció una población tan triste ni tan poco acogedora como la primera vez. Si bien las calles permanecían prácticamente desiertas, al menos, bañada por aquella luna inmensa que gobernaba el firmamento, parecía mostrarse ante él un hermoso cuadro, o al menos, un cuadro cargado de promesas, de su realización como hombre, de su definitiva independencia de todo lazo, tal y como había anhelado con todas sus fuerzas.

  De pronto, un feliz giro, le llevó a la calle que buscaba. Necesitó mirar dos veces el nombre, en la nota arrugada que había llevado en su bolsilo, pues no podía creerse tan afortunado. Estaba cerca de un bar, donde tras ducharse, podría ir a cenar. Además no estaba lejos del cine. Iría en los próximos días. Adam quería empezar su nueva vida de forma feliz y desde entonces, aquel cine, representó para él, la idea de la felicidad.

  Encontró un lugar en el que aparcar el coche, y tras cargar con una bolsa del maletero, subió las escaleras que le conducirían a su nueva morada. Su estómago rugía. Estaba hambriento. En el futuro, no podía continuar alimentándose de aquella manera tan frugal. El próximo sábado iría al supermercado y se aprovisionaría debidamente. Si fuera necesario, llevaría su propia comida a su despacho y terminaría de comer, tras alguna animada tertulia en el comedor. Era probable que el resto hiciera lo mismo. Si no, ¿cómo sobrevivirían?

  Lo cierto es que Adam era un hombre de gran apetito, aunque sorprendentemente delgado.

  Abrió la puerta de la casa y un nuevo mar de sensaciones le invadió con el hedor a cerrado que le azotó. Entró murmurando alguna maldición, y tras cerrar la puerta, abrió todas las ventanas, esperando que cuando acabara de ducharse, la casa oliera más agradablemente.

  No había agua caliente. Ya había sido advertido de ello. –Tanto mejor –había pensado en su momento.– Así me despejaré antes. Pero lo cierto es que ahora, después de haber pasado frío durante todo el día, en aquel maldito edificio, se sentía muy desdichado con sólo imaginar el contacto del agua sobre su piel.

  Sin embargo, nada deseaba más que alejar los olores del psiquiátrico de sí.

  Abrió la bolsa y extrajo ropa nueva y jabón que había traído consigo.

  Arrojó la ropa sucia a un rincón del baño y sintió sobre su piel, el efecto purificador del jabón.

  Aquella noche cenó en el bar. Se juró que sería la última vez. Una cerveza y una sopa de sobre, era todo cuanto el dueño fue capaz de ofrecerle.

  Hambriento, volvió a casa, maldiciendo ahora su suerte, pues aún quedaban cinco días para la llegada del sábado.

  El pretendido bar, no era más que un sucio tugurio, con un dueño y un borracho en la barra. Adam comenzaba a recordar aquella sensación tan nefasta que le había producido Adamsville en una primera aproximación.

  Ahora, asomado a una de las ventanas, contemplaba la mal iluminada ciudad desde su apartamento. Aquel desagradable olor había desaparecido.

  Cerró por fin la ventana, dejando la cortina abierta, y se acostó. El brillo de la luna llena, bañaba suavemente la habitación. Los ojos de Adam se cerraron suavemente, guardando en su retina, el brillo plateado de aquella esfera celeste, de belleza perfecta.


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