Anne Marie Chrash, La casa de los locos

Oh, amiga mía, ¿cuéntame?, ¿qué tal te fue? Hablemos de hombres y de cerdos, de todo junto, ¿no es más apropiado así?, pero haagg… ¡el timbre otra vez! Una vez más Aldric, una vez más algo que me concierne a mí y a sus locos…

“Anne Marie le dedicó una mirada de reproche, que contrastaba con la radiante sonrisa que le había mostrado hasta entonces.

Anne Marie Chrash no era en realidad enfermera, secreto que descansaba seguro en las manos del Director Robert Blackwood. Ambos mantienen quizá la relación más singular dentro, ya que Anne Marie a su vez está al corriente del secreto de Robert. Esto, hasta la fecha les ha mantenido unidos, confiriéndole a Robert ojos en la línea de flotación, de manera que le era fácil apagar cualquier fuego antes de que se propagara. Al mismo tiempo, ha mantenido a Anne Marie muy protegida, haciéndola virtualmente jefa de personal que no dudaba en destruir a algún empleado por mediación de Robert cuando lo consideraba necesario, ya fuera por motivos profesionales o personales.

Su relación se inicia años antes. Anne Marie cuidó a Charles Blackwood, su padre,  desde que abandonara la penitenciaría, ya en la vejez, hasta su muerte. El descubrimiento público de su vinculación con el crimen organizado hizo que Robert evitara todo contacto con su padre, no fuera que alguien reparara en él y le hiciera perder su prestigio e incluso su trabajo.

Fue Robert quién contrató a Anne Marie para que cuidara de su padre en Huntsville, en el estado de Alabama, y quien, tras su muerte le proporcionó un puesto en el sanatorio como agradecimiento por sus servicios.

Pronto se hizo amiga de Clementine. Era joven como ella y su rostro jovial le cayó simpático desde el momento mismo en que llegó por primera vez solicitando un puesto de trabajo.

En cuestión de días Anne Marie se sacudió a la vieja; Gloria Brown, su compañera, enfermera que debió empezar a trabajar allí antes incluso de la apertura inaugural. Gloria era una mujer muy perfeccionista. Era la jefa y se comportaba como tal. Quizá se tomaba su trabajo demasiado en serio, quizá tenía ínfulas de poder o quizá su educación a la inglesa la hacía comportarse como una auténtica bruja.

Bajo su mandato las normas de higiene sobre los pacientes y el edificio hacían pensar que en lugar de una casa de locos aquellos imbéciles vivieran como ricos en un hotel.

Anne Marie hizo ver a Robert que la bruja chocheaba. No fue difícil. Cambió las dosis de medicina de algunos pacientes, alterando su precario equilibrio interno, lo que dio lugar a la noche de Sodoma, como la llamaron después. Después solo bastó insinuar que la vieja empezaba a liarse con las cuentas y a confundir los colores de las pastillas, para que Robert la pusiera de patitas en la calle con un “gracias por sus servicios” después de una vida entera dedicada a la institución.

Poco después se incorporó la bella Clementine, quien se convertiría en la compañera de confidencias y mejor amiga de Anne Marie ¡y todo por la feliz casualidad de aquella visita!

Anne Marie no sentía remordimientos. Ahora era virtualmente la jefa. Ya se había demostrado a sí misma su poder. ¡Incluso Robert vivía más tranquilo! Las normas se habían relajado, como cuando la madre se marcha y los niños dejan de sentir la opresión de la educación sobre ellos. Ahora los jefes eran jefes y los locos eran locos.

Anne Marie Chrash, La casa de los locos

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