Mi nombre es Andrew Gordon.

Todo iba bien, ¿sabe? Tomaba de la vida aquello que quería, no me preocupaba nada demasiado, no tenía que hacerme cargo de nadie ni había nadie que pudiera avergonzarse de mí, era, por así decirlo, un alma libre. Recuerdo la sensualidad de aquellos días, la vida alterada, la embriaguez, el amor de mil mujeres y de algunos hombres. Quería vivir para siempre, prolongar mi juventud hasta el confín de los tiempos, pero todo lo perdí en el maldito momento en que el mal se fijó en mí, y escúcheme bien, este jamás suelta su presa.

Orígenes desconocidos.

  Se sabe que frecuentaba prostíbulos, y en general, todo tipo de locales de mala reputación, en el barrio chino. Fue hallado, en estado de embriaguez y excitación, huyendo por las calles, de su propia imaginación trastornada. Aseguraba que eran los sabuesos del caos, los que le perseguían para devorarle. Fue detenido por este motivo, en Octubre de 1.938, hasta que su estado de embriaguez, por alcohol, y probablemente, alguna droga, desapareció.

  Un año después, en Mayo de 1.939, saltó al vacío, desde una tercera planta, y aterrizó sobre un transeúnte, que resultó muerto en el acto.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

“No estoy loco, los hijos de la devastación están en todas partes, pero no en usted, lo veo en su alma”

En un oscuro callejón, una cálida noche de Julio, Anita Small perdía la conciencia de todo cuanto la rodeaba. La farola apagada, el coche aparcado bajo ella, el contenedor de enfrente, todo se desdibujaba confusamente. Su espalda se apretaba con fuerza contra la pared, mientras Andrew la aplastaba con su cuerpo; su espalda se arqueaba mientras él la devoraba, primero su cuello, después su boca abierta para encontrar su lengua, enérgica, apasionada, cómo le recibía con ansiedad, con desesperación.

Anita le sujetó fuertemente la nuca, como temiendo que aquel interminable beso llegara a su fin; deslizó suavemente su otra mano bajo su camisa y acarició cálidamente sus pezones. Sintió un leve gemido en su boca, que la encendió más si cabe.

Justo después sintió la mano de él deslizarse por entre sus piernas, bajo su corta falda, cómo apartaba sus braguitas y acariciaba después su sexo. Lo imaginaba empapando su mano, a punto de estallar. Esta vez fue ella la que gimió, lo que dio paso a que Andrew actuara con mayor rudeza.

Anita miró al cielo, extasiada, aunque lamentando que aquello terminaría demasiado pronto, mientras Andrew deslizaba sus dedos con sorprendente habilidad y a gran velocidad.

Minutos antes se había despedido de su marido, que los había dejado justo allí, donde ahora se encontraban estallando en éxtasis, sin sospechar la fogosidad de su reciente amigo. Ahora, ambos se miraban fijamente a los ojos, mientras él aumentaba gradualmente la velocidad de su contacto y ella deslizaba por primera vez su mano bajo su pantalón.

De pronto, una punzada de dolor recorrió todo el cuerpo de Anita. La mano de Andrew se había cerrado con fuerza sobre su sexo; su rostro había cambiado completamente. En él se dibujaba ahora el más vivo terror. ¿Les había descubierto su marido? Ella se volvió espantada, pero no había nada, quizá una sombra esquiva que desapareció en el momento de volverse.

Sin mediar palabra Andrew emprendió una alocada carrera hacia la luz de las calles. Ella trató de sujetarle, paralizada de miedo, pero él la apartó de un fuerte manotazo que la derribó. Al instante había desaparecido tras la esquina.

Anita corrió sin dejar de mirar tras de sí, sintiendo que le daba un vuelco el corazón, hasta que por fin llegó a la luz de las farolas y se encontró con otros transeúntes, con quienes empezó a sentirse a salvo.

Aquel episodio la marcó profundamente. ¿Qué sería aquello de lo que Andrew huyó? Desde entonces, Anita evitaba cruzar aquel callejón que le provocaba escalofríos. Más tarde, su marido le contó que fue detenido por escándalo y embriaguez, aquella misma noche, aunque ambos estaban de acuerdo en que no había bebido. En cualquier caso nunca más volvieron a saber de él.

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